Por una solución europea tras la cumbre de los parches Miguel Angel Benedicto

Se esperaba mucho del último Consejo Europeo. El gobierno populista italiano logró poner sobre la mesa dos asuntos espinosos que llevan varios años sin cerrarse: la reforma de la zona euro y la inmigración.

Ambos problemas requieren de solidaridad y europeísmo. Sin embargo, los 27 no fueron capaces de dar una respuesta europea a estos retos. La canciller Merkel llegó a la reunión contra las cuerdas, tenían que salvarla aunque fuera a costa de una solución intergubernamental.  El cambio cualitativo que de manera urgente necesita la zona euro se dejó para más adelante. Salvini impuso la agenda. La inmigración requería de medidas urgentes, aunque fueran simples parches a corto plazo.

Las decisiones tomadas sobre inmigración parecieron contentar a todos y obedecen a que el virus populista se ha inoculado en gran parte de Europa. Pese a que las cifras migratorias nada tienen que ver con las de 2015 y la entrada de inmigrantes ha disminuido; países como Italia, el grupo de Visegrado y Austria han azuzado a sus opiniones públicas con un problema que va en descenso.  En Suecia y Dinamarca, los tambores populistas también resuenan. Francia y España reman hacia una solución más europeísta pero la división del gobierno alemán obliga a tomar decisiones de rango nacionalista.

Tras la cumbre, Macron y Sánchez vieron reconocido que la inmigración es un desafío que afecta a toda Europa. Conte que la UE seguirá apoyando los esfuerzos para evitar el tráfico de personas desde Libia. Salvini y Orban respiraron tranquilos pues se va a estudiar la creación de plataformas regionales de desembarque fuera la UE y la de centros de recepción de inmigrantes en territorio europeo, además de la reubicación y reasentamiento de refugiados; pero con un matiz importante: se hará de manera voluntaria. El peso vuelve a recaer sobre los Estados que, pese a que la solución es europea, continúan sin ceder competencias.

Sin embargo, si hubo acuerdo para un mayor control de las fronteras exteriores de la UE y para incrementar el retorno de los inmigrantes irregulares. A Grecia se le concedió una prórroga del acuerdo con Turquía con el fin de evitar el repunte de flujos migratorios en el Mediterráneo oriental; a España el apoyo a sus iniciativas con más dinero europeo y también a países de origen o tránsito como Marruecos para impedir la inmigración ilegal.

A Merkel se le concedieron medidas para evitar los movimientos secundarios de los solicitantes de asilo. La canciller, con la entrega de refugiados a Grecia y España, salvó su apuesta con el ministro de Interior alemán Horst Seehofer, líder de la CSU, que estaba dispuesto a romper con la libre circulación de personas de Schengen.

Austria y Alemania quieren devolver a los refugiados que han entrado a través de otro país europeo. Amenazan con romper Schengen. El reglamento de Dublín sigue más vigente que nunca. Su reforma, más lejos.  Sin embargo, son soluciones cortoplacistas que no solventan el problema migratorio. El gap económico entre las dos orillas es brutal y la población africana va en aumento, es joven y con pocas expectativas de vida.  El palo securitario necesita de la zanahoria de una mayor cooperación europea con África.

El populismo campa a sus anchas en gran parte de la UE. Los partidos tradicionales no saben como hacerle frente. Renacionalizar la política migratoria y levantar fronteras no es el camino. La solución debe llegar desde Europa.