El “efecto Trump” en las relaciones con Rusia

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El shock postelectoral a este lado del Atlántico, donde la mayoría de analistas se resistía a creer que un personaje como Trump pudiera llegar a la presidencia, se está haciendo aún más duro por lo que vamos sabiendo de sus primeras decisiones. Si bien algunas de sus promesas más estrambóticas parecen haberse diluido, su estilo agresivo y narcisista continúa dando jugosos titulares. Que el dirigente de la única superpotencia mundial no sólo carezca de experiencia política, sino que además posea un ego desmedido que le induce a guiarse sólo por su instinto, puede acabar resultando un cóctel explosivo.

En las últimas semanas Trump parece haber estado demasiado ocupado para recibir los informes diarios de inteligencia a los que ya tiene derecho, y que le ayudarían a preparar sus contactos con dirigentes extranjeros. De momento, aún antes de tomar posesión, ya ha cometido varios errores diplomáticos: imprudentes conversaciones con los líderes de Taiwán y Pakistán, que han irritado a los gobiernos chino e indio; o calificar de “éxito” y “milagro” el desarrollo de Kazajstán bajo el régimen autoritario de Nazarbayev.

Y aquí reside también, probablemente, la clave de sus futuras relaciones con Rusia. Deducir de las palabras del presidente electo algo parecido a una doctrina de política exterior es un ejercicio arriesgado, ya que —al menos hasta ahora— no parecen fruto de una reflexión previa ni mucho menos de una estrategia, sino de la improvisación de un millonario y estrella televisiva, poco acostumbrado a argumentar y debatir sobre cuestiones internacionales que excedan el ámbito de los negocios.

Un claro ejemplo han sido sus exigencias a los demás miembros de la OTAN de que se responsabilicen en mayor medida de su propia defensa; hasta ahí, nada nuevo en la posición estadounidense. Sin embargo, Trump ha ido mucho más lejos, al condicionar aparentemente el compromiso de EE.UU. con la defensa colectiva a la aportación económica que haya realizado el país que invoque el artículo 5. Queda la duda de si con esto estaba planteando seriamente un cambio de política, o revelando involuntariamente su desconocimiento de las obligaciones de su país como parte en el Tratado del Atlántico Norte; una posibilidad tan preocupante como la anterior.

En la misma línea, la simpatía de Trump por Putin tiene un origen mucho más simple que todas las explicaciones conspiranoicas aireadas por sus críticos: la traducción errónea de unas declaraciones del presidente ruso, que llevó a Trump a entenderlas como un elogio. Como ya han aclarado distintos expertos, la palabra rusa utilizada por Putin para describir al candidato republicano (yarkiy) significa literalmente “brillante”, pero no el sentido intelectual, sino “llamativo” o “vistoso”… con cierta ironía, incluso, sobre su gusto por llamar la atención. Esta vaga referencia fue suficiente para que Trump dedicara algunos elogios al líder ruso; y aprovechara la ocasión, sobre todo, para distanciarse de Clinton en política exterior.

La posición del Kremlin es, sin embargo, mucho menos entusiasta con los resultados electorales de lo que cree el presidente electo. No hay duda de que Rusia ha explotado la campaña para sus propios fines, pero tratando más de desacreditar a Clinton —y su apoyo a los cambios de régimen en Ucrania, Libia o Siria— que de ayudar a un Trump sin historial de gobierno que permitiera predecir con certeza su orientación futura. De hecho, aunque la derrota de la candidata demócrata ha sido motivo de clara satisfacción entre los dirigentes rusos, como posible fin del “intervencionismo liberal” estadounidense en el resto del mundo, tampoco se espera en Moscú ninguna luna de miel con Washington a partir de ahora.

Aunque los puntos de vista de Trump y Putin parezcan cercanos en cuestiones como Siria, en otros ámbitos sus intereses son divergentes. Por ejemplo, el refuerzo masivo del poder militar de EE.UU.—uno de los compromisos de Trump durante la campaña— no haría sino acrecentar la obsesión rusa con su debilidad frente a la OTAN, dando lugar a nuevas carreras armamentísticas. Y con varios miembros del nuevo gabinete, como el posible secretario de Defensa Mattis, unidos por recelos comunes hacia Irán, cualquier cuestionamiento del acuerdo alcanzado con Teherán bajo el mandato de Obama sería recibido muy negativamente por el Kremlin. Lo mismo puede decirse de una postura más agresiva de EE.UU. contra los aliados de Rusia en Latinoamérica, como Cuba o Venezuela.

La buena noticia para la UE, si es que podemos hablar de tal cosa en las actuales circunstancias, es que los recursos económicos y capacidades militares de Rusia —así como el apoyo a Putin de su opinión pública— no son ilimitados; sino que empiezan a acusar el desgaste de la confrontación con Occidente de los últimos tres años. Disuadir a Rusia de invadir países europeos que también son miembros de la OTAN, como los bálticos, no parece que sea el problema más urgente cuando ese escenario ni siquiera entra en los objetivos de Moscú. El verdadero reto para la política exterior de la UE es diseñar una estrategia común que nos permita prevenir y gestionar futuras crisis en torno al vecindario compartido, de forma cada vez más autónoma; en un mundo en el que el próximo presidente de EE.UU. no parece dispuesto a prestar excesiva atención a las relaciones transatlánticas.

Javier Morales
Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea