Preparando la resaca del año superelectoral europeo Álvaro Imbernón. Analista en Quantio e investigador nacional en ECFR

En 2017 alrededor de la mitad de los ciudadanos de la UE han sido o serán llamados a las urnas. Esta vorágine electoral está teniendo lugar en un contexto en el que el que todavía resuenan las ondas expansivas de la elección de Trump y del referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE. Los medios, especialmente los anglosajones, han impuesto una narrativa dual en el que los comicios parecen marcados por un enfrentamiento binario entre opciones nativistas eurofobas frente a fuerzas cosmopolitas pro-europeas. Esta suerte de Eurocopa electoral aparecía claramente fijada en el calendario: octavos (Austria), cuartos (Países Bajos) semifinales (Francia) y la gran final de septiembre (Alemania).

Desde esta perspectiva dual, todo son malas noticias para la internacional iliberal antieuropea. Austria eligió por primera vez a un presidente verde, Van der Bellen, dando de lado al candidato del ultraderechista FPÖ, Norbert Hofer. Durante la campaña Hofer consideró a Trump como una inspiración. Nada extraño si tenemos en cuenta que su partido usó el eslogan “¡Austria Primero!” ya en los años 1990s. En Países Bajos el PVV de Geert Wilders volvió a desfondarse al final de la campaña. Marine le Pen obtuvo su deseado referéndum sobre la globalización y Europa en la segunda vuelta de las elecciones francesas contra el candidato ideal: un joven ex-banquero sin partido, entusiasta de la apertura y el proyecto europeo. A pesar de ello, no consiguió ser competitiva en el ballotage. En las legislativas francesas un movimiento recién creado como La República En Marcha (LREM) ha acaparado una mayoría apabullante en la Asamblea Nacional. En Finlandia, el Partido de los Finlandeses ha visto como su base electoral menguaba tras entrar en la coalición de gobierno. De hecho el partido podría escindirse en dos tras la elección de un nuevo líder condenado por incitación al odio. Por su parte, Alternativa para Alemania (AfD) ha retrocedido en las encuestas y sus aspiraciones se centran en superar la barrera del 5% del voto para asegurar su entrada en el Bundestag. También el M5S italiano obtuvo recientemente un severo correctivo en elecciones locales.

Así, según Nate Silver, tras la victoria de Trump, se ha repetido el patrón según el cual los candidatos subidos a la ola eurófoba han tendido a desvanecerse en el tramo final de las campañas electorales. Además, muchos de estos partidos ultraderechistas pueden verse abocados a crisis internas ante lo desmesurado de sus expectativas. Podría ser el caso del Front National, AfD, el Partido de los Finalndeses y UKIP.

Brexit: ejemplo a no seguir

Para los europeos “continentales” el brexit ha actuado más como argamasa que como dinamita. El temido efecto dominó post-brexit no se ha materializado. Frexit o Nexit ya son conceptos olvidados por la prensa. Las cifras del Eurobarómetro y de Pew Research muestran como la voluntad de seguir el incierto camino británico fuera de la Unión se ha reducido sustancialmente en el “continente”. En lo que concierne a las negociaciones del brexit, la UE27, tras las dudas iniciales, se ha mostrado unida. Ha sido capaz de presentar un equipo negociador con un mandato claro, pergeñar unas líneas rojas compartidas, adoptar un discurso sin grandes fisuras y llevar a cabo un esfuerzo para que la negociación no secuestre la agenda europea. Ello contrasta con un Reino Unido desorientado en el que los principales partidos no han aclarado su posición pasado ya un año de la celebración del referéndum. Cuando la negociación se adentre en asuntos específicos la unión actual de los 27 se pondrá a prueba. De momento, la incertidumbre ya se comienza a apreciar en la economía británica, el gobierno británico no será “fuerte y estable” y el reloj sigue corriendo hacia marzo de 2019.

De hecho, los líderes europeos que más duros se han mostrado con Estados Unidos y Reino Unido, como Macron o Merkel, han visto como su popularidad se incrementaba mientras los dos líderes anglosajones no se encuentran en su mejor momento. Según ARD-Deutschlandtrend, hoy el 59% alemanes miran con simpatía a Emmanuelle Macron, mientras sólo el 22% lo hacen a Theresa May o el 5% a Donald Trump. El cambio de tendencia ya se comienza a percibir en el ambiente. Jean Quatremer, corresponsal de Libération en Bruselas, titulaba recientemente su artículo en el Guardian: “Gracias, británicos. El brexit ha vacunado a Europa contra el populismo”. En palabras de Juncker: “el brexit mostrará lo atractivo que es ser miembro de nuestra Unión. Gracias a Europa, la gente disfruta de la libertad de vivir, comprar, amar y comerciar a través de las fronteras”. Incluso muchos politólogos se plantean si la UE se encuentra en un momento de peak populism.

No tan rápido

Esto sólo refleja parte del panorama político europeo. Enmarcar todas las elecciones con una narrativa dual que implica una victoria o una derrota del populismo eurofobo es simplista. Pese a que la ola antieuropea no ha devenido en tsunami los resultados de las fuerzas nativistas son espectaculares. Y no sólo se trata del su éxito electoral sino de cómo algunos partidos tradicionales han adoptado parte de su ideario y agenda en Países Bajos, Francia, Italia, Austria o Baviera. Los valores que caracterizan a las sociedades abiertas y cosmopolitas están en repliegue. Consensos que antaño parecían intocables hoy copan el debate público en la UE: la libre circulación de trabajadores, considerar intolerable el uso de argumentos xenófobos, la irreversibilidad del euro, la apuesta por el libre comercio o el rol de la OTAN en la seguridad europea.

Ello es fruto de electorados europeos más volátiles, fragmentados y polarizados. Austria e Italia son ejemplo de ello. En el caso italiano es de esperar un convocatoria de elecciones a comienzos de 2018 aunque no es descartable que se adelanten al último trimestre de 2017. El país continúa siendo el talón de Aquiles de la Eurozona. Antaño cuna del federalismo europeo, hoy vive una un reconfiguración de su sistema político. Tres bloques políticos difícilmente conciliables se han consolidado: el inclasificable M5S, el socialdemócrata PD y una derecha dividida entre la eurofoba Lega Nord y los náufragos del berlusconismo. La gobernabilidad tras las próximas elecciones será compleja mientras el país afronta grandes retos como el repunte de la crisis de refugiados, la gestión del sector bancario y una economía estancada. En la misma línea el 15 de octubre también se celebrarán elecciones anticipadas en Austria. Las encuestas avanzan otra carrera a tres entre el socialdemócrata SPÖ, el Partido de la Libertad (FPÖ) de extrema derecha y el centro-derecha ÖVP que ha designado como candidato al ministro de asuntos exteriores Sebastian Kurz, de tan sólo 30 años. De nuevo, la formación de gobierno no será sencilla. Así ocurre en Países Bajos donde las negociaciones para la coalición a cuatro siguen atascadas.

¿Aprovecharemos la resaca electoral?

En este contexto, alcanzar acuerdos de integración será complejo. Sin embargo, a partir de octubre, tras las elecciones alemanas, se abre una ventana de oportunidad. Especialmente si se reedita la gran coalición de democristianos y socialdemócratas. Si Italia no nos depara sorpresas, el ciclo político podría posibilitar una actualización del proyecto europeo. Siguiendo las propuestas de la Comisión, sería factible fortalecer el Mede (Mecanismo Europeo de Estabilidad), impulsar la Unión de los Mercados de Capitales y avanzar en la Unión Bancaria, incrementando el Fondo Único de Resolución y la creación de un sistema de seguro de depósitos común. También, pasos relevantes en defensa y ciertas medidas en justicia y asuntos de interior (JAI) y, tal vez, relegitimación democrática.

 

Aún así, la deriva de los países de Visegrado, unas instituciones comunes débiles y partidos tradicionales que han endurecido su posición para competir electoralmente no facilitan un gran salto en el proceso de integración. Se atisba una integración pragmática y flexible, de la mano de las grandes capitales nacionales. Más intergubernamentalismo ¿Podemos esperar más ambición tras la renovación de las instituciones europeas en 2019?