La Vía Carlomagno Eugenio Nasarre

 

 

Intervención de Eugenio Nasarre, Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, en la Jornada celebrada en Oviedo sobre la Vía Carlomagno (28-2-2017)

 Expreso mi satisfacción por estar otra vez en Oviedo. Es esta la tercera vez que me encuentro aquí participando en encuentros europeístas.

En esta ocasión el motivo es sumamente grato: hablar de la ruta Carlomagno, una iniciativa sumamente interesante, a la que el Consejo Español del Movimiento Europeo se ha adherido. Hoy es uno de los miembros de la Asociación Vía Carlomagno, que se ha constituido para llevar adelante el proyecto, cuyos objetivos y características principales quiero comunicarles. Y me agradaría sobremanera que Asturias se convirtiera  en uno de los miembros activos de la Asociación, porque –como veremos más adelante- son tres los territorios españoles, al menos,  que deberían formar parte de la Ruta Europea de Carlomagno: Cataluña (la Marca Hispánica), Navarra (Roncesvalles), Asturias (Alfonso II).

 

Lo que  querría  en esta intervención es contestar a dos preguntas: cuál es el sentido de esta iniciativa, precisamente en estas horas difíciles por las que atraviesa el proyecto de integración europea; y por qué el Movimiento Europeo de España se ha incorporado desde el momento mismo en que sus promotores nos invitaron a formar parte de esta aventura cultural.

 

Pero antes de contestar a estas dos preguntas, permítanme que les cuente sucintamente la gestación de esta iniciativa y la situación en que se encuentra. Porque estamos todavía en los comienzos y tenemos que trabajar mucho para que los objetivos que nos hemos marcado vayan realizándose paso a paso.

 

En realidad la idea de promover la “Vía Carlomagno” toma cuerpo en el año 2014, con ocasión del 1.200 aniversario de la muerte del Emperador Carlomagno. Doce siglos nos separan de aquel intento de construir lo que se ha llamado “la primera Europa”. En Francia, en Alemania, en Bélgica aquella efeméride fue recordada y celebrada, sobre todo en los ambientes escolares.

 

Al Movimiento Europeo de Marne se le ocurrió que sería una buena idea para reforzar los lazos culturales que unen a los pueblos europeos promover la “Vía Carlomagno” como una de las rutas culturales, que el Consejo de Europa fomenta desde los años ochenta, y cuyo modelo por su popularidad y consolidación es el “Camino de Santiago”, cuya declaración  como ruta europea fue obra de nuestro compatriota Marcelino Oreja, cuando fue Secretario General del Consejo de Europa.

 

El éxito del Camino de Santiago constituye un fenómeno sorprendente. El número de peregrinos alcanzado en 2016, un año que no ha sido  Año Santo, ha sido de 278.000. Pero el dato relevante, a nuestros efectos, es que el 56 por 100 de ellos no han sido españoles. El Camino de Santiago se ha convertido en una ruta internacional, mejor dicho, prevalentemente europea. Porque los peregrinos europeos no españoles superan la mitad de la cifra total. Sus orígenes principales son Italia (el 15 por 100); Alemania (el 13, 8 por 100) y con porcentajes menores Portugal, Francia, Irlanda y Reino Unido.

 

Me detengo en estos datos no para que nos desviemos del objeto central de estas reflexiones, sino para que podamos aprehender cuál podría ser el potencial de una ruta diseñada en torno a la figura de Carlomagno.

 

Pero volvamos al año 2014, aniversario de la muerte de Carlomagno. Entusiastas miembros del Movimiento Europeo de Marne logran a lo largo de 2014 presentar su iniciativa al Movimiento Europeo de Francia, al Movimiento Europeo Internacional, con motivo de su Asamblea celebrada en Roma en noviembre de 2014, y al Presidente del Parlamento Europeo.

 

Tras estos primeros pasos en julio de 2015 se constituyó en Bruselas la “Asociación Vía Carlomagno”, para disponer de un soporte jurídico de las actividades que había que poner en marcha. El Movimiento Europeo de España estuvo presente en la reunión de Bruselas y es, por lo tanto, socio fundador de la Asociación.

 

En abril de 2016, hace algo menos de un año, presentamos la “Vía Carlomagno” en España en un acto celebrado en la sede de las instituciones europeas en Madrid. Presentó el proyecto el Presidente de la Asociación Jean Marie Beaupuy y el catedrático de Historia Medieval de la Universidad Complutense de Madrid, profesor Emilio Mitre, autor del libro Una primera Europa, en el que Carlomagno constituye  la figura central, y en el que analiza  la significación histórica de la gran obra carolingia.

 

En octubre del pasado año se celebraron en Lieja las “Jornadas Europeas Vía Carlomagno”, en las que nos congregamos varias decenas de profesores, estudiosos de Carlomagno y representantes de algunas secciones nacionales del Movimiento Europeo.  Participamos en esas Jornadas el historiador Eduardo Escartín, del Consejo catalán del Movimiento Europeo, Miguel Angel Benedicto, Secretario General del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo. A mí me resultaron muy interesantes para calibrar las orientaciones fundamentales del proyecto.

 

Visitamos Herstal, la ciudad en la que pudo haber nacido Carlomagno, y que, en todo caso, es la cuna de Carlos Martel, el fundador de la dinastía carolingia, y nos enseñaron los lugares más emblemáticos del mundo de Carlomagno en Lieja y alrededores.

 

Por cierto, con buen criterio, la Asociación ha creado un Comité Científico, formado por estudiosos de la época del Imperio carolingio y también por quienes pueden aportar criterios científicos para el diseño de la Vía de Carlomagno.

 

A diferencia de la ruta jacobea, que es un camino –diríamos- lineal, que tiene un destino único, el sepulcro de Santiago, la “Vía Carlomagno” debe concebirse con carácter reticular, con diversas rutas en el espacio que abarca el imperio carolingio, desde Roma, pasando por Lombardía, Suiza, Estrasburgo, la Alemania del Rhin,  norte de Alemania y,  desde luego, Aquisgrán.

 

Una idea central del proyecto es asociar al mismo a las localidades que han tenido alguna significación en el mundo carolingio. Pero ha de hacerse esta selección con carácter muy flexible. Una de las claves, por tanto, del éxito del proyecto es la implicación de los municipios. La ruta sería una especie de malla o red de ciudades “hermanadas” por su común participación en la ruta cultural.

 

La Asociación ha elaborado un modelo de acuerdo de colaboración de las entidades locales, basado en la  voluntad de la ciudad en participar en el desarrollo de los conocimientos culturales e históricos para poder comprender mejor la evolución de la Europa actual en relación con los elementos históricos de su pasado en todas sus dimensiones. En principio el desarrollo del itinerario cultural europeo pretende comprender nueve países europeos: Bélgica, Holanda, Alemania, Luxemburgo, Francia, Suiza, Italia, Andorra y  España.

 

La red de ciudades se comprometería a promover manifestaciones culturales que tendrían como objetivo profundizar en el conocimiento de la realidad histórica de Europa, debatir sobre los problemas del continente, promover manifestaciones artísticas del más amplio formato, estimular el conocimiento mutuo de las poblaciones europeas, animando así un turismo de carácter cultural europeo.

 

La Vía Carlomagno sería, así, un instrumento para intensificar los lazos de los pueblos y las ciudades europeas, porque debemos superar las visiones tecnocráticas de la construcción del proyecto de integración europea.

 

¿Tiene sentido este proyecto? ¿Es un sueño de visionarios o de nostálgicos?

Es la primera pregunta de las dos que les formulaba al principio de esta intervención.

 

El gran teólogo y filósofo germano-italiano Romano Guardini, es decir un europeo en sentido pleno, (Hijo de italianos emigrados a Baviera, confiesa que “en casa se hablaba italiano; pero el idioma de la escuela y la formación espiritual fue el alemán”), al recibir en 1962 en Bruselas el Premio Erasmus hizo unas reflexiones sobre Europa, que quería compartir con ustedes. Guardini vivió aquel período trágico de la historia europea con la experiencia de dos guerras devastadoras. ¿Qué era él, alemán o italiano? Y nos responde: “Cuando se me presentó la idea europea, representó para mí la posibilidad de una solución honrosa del conflicto”. Lo que salvó a Guardini fue “la conciencia de ser europeo”. Y, con tal conciencia  -nos dice- “la nación adquiere un nuevo significado”. No hay que renunciar a ella, aclara  el pensador italo-germano. No hay que convertirse en “apátrida”, en meramente  un ser cosmopolita. Pero es necesario llegar a entender en ese contexto más amplio el sentido que debemos dar a la idea  de nación.

 

Y, encadenando sus reflexiones sobre este nuevo sentido del  concepto de nación, llega a una conclusión, que me parece especialmente pertinente. “Que Europa llegue a ser –nos dice- supone previamente que cada una de sus naciones vuelva a pensar de otro modo su historia; que comprenda su pasado con referencia a la constitución de esa gran forma vital”. Y para ello hay que superar  esa  mentalidad cerrada,  según la cual “lo otro, lo extraño es lo torcido, lo amenazador, incluso, lo hostil”.

 

Al leer, hace pocos días,  el discurso de la Sra. May en Lancaster House, exponiendo los argumentos en defensa del Brexit “duro” y de la puesta en marcha de la próxima negociación con la Unión Europea, conforme al artículo 50 del Tratado de Lisboa, me acordé de las reflexiones de Romano Guardini. Porque, si examinamos su discurso, además de arrogancia, soberbia, exhibición de una pretendida  superioridad frente a los otros, que va más allá de la legítima autoestima, hay en él lo que normalmente sucede cuando se plantea un divorcio: hay quejustificarlo , acentuando las diferencias que existen con la otra parte, y que hacen inevitable o conveniente la ruptura de la relación existente.

 

Al buscar esas diferencias, expuso dos que, por su mendacidad, me irritaron particularmente. La primera, al acuñar ese término, estúpido en mi opinión, de “Nación global”, la primera ministra dijo que lo que diferenciaba a Gran Bretaña de Europa es su vocación de abrirse al mundo (de tener un imperio, quería decir), de ser una potencia de carácter mundial. ¡Pero la verdad es que ese rasgo es lo que menos diferencia a Gran Bretaña de otros países europeos!. ¿O acaso España no tuvo un imperio, en cuyos territorios “no se ponía el sol”? ¿Y Portugal? ¿Y Francia? ¿Y Bélgica? ¿Y hasta Italia? Podríamos no aplicar, quizás,  ese rasgo a Alemania, encerrada históricamente en el espacio geográfico europeo. ¿Pero solamente está pensando en Alemania, cuando habla de Europa? No, como ya señalara Luis Díez del Corral, lo característico de Europa, de la cultura y de la historia  europeas  es su pretensión de universalidad, lo que le llevó a su tendencia expansionista y, a la postre, a los diversos imperialismos.

 

La segunda, cuando defendió que el régimen democrático británico era diferente a los continentales, invocando como argumento supremo que el Reino Unido no tiene Constitución escrita. Es esta una falacia de carácter nominalista. Como si nuestros sistemas políticos no fueran en cuanto a su substancia  perfectamente homologables y la naturaleza de nuestros parlamentos no fuera prácticamente idéntica. Aunque, ciertamente, las diversas naciones europeas tengan tradiciones constitucionales y políticas propias, pero dentro de parámetros comunes. Nuestras naciones podrán tener sistemas electorales diversos, tener estructuras más o menos descentralizadas, parlamentos unicamerales o bicamerales, poderes locales más o menos potentes; pero basta estudiar algo los  sistema políticos comparados para encontrar elementos comunes muy superiores a las diferencias existentes. Y el modelo de construcción europea que se fraguó tras la segunda guerra mundial, la de “esta Europa”, que repudia la Sra. May,  no exige en absoluto la eliminación de las diferencias ni de las tradiciones propias. Denis de Rougemont, uno de los autores más influyentes en la elaboración del espíritu federalista europeo, decía que no sólo había que tolerar la diversidad, y la complejidad que ello comporta, sino que había que “amar” esa diversidad.

 

La visión que nos ofreció la Sra. May en su discurso de Lancaster House va en la dirección contraria de las lúcidas reflexiones de Romano Guardini. Y ha diseñado una hoja de ruta que conduce, desdichadamente, a lo peor de la historia europea.

 

En estas circunstancias el europeísmo tiene que ser consciente de lo mucho que queda por hacer para superar concepciones que  no sólo son caducas (pretender, por ejemplo,  en nuestra época histórica una concepción imperial ) sino muy perturbadoras para mantener las tradiciones comunes (y también las tradiciones propias)  de una Europa que –y la referencia a Carlomagno aquí es obligada- hay que  comprender como una potente  realidad histórica.

 

Precisamente la lejanía histórica de Carlomagno y de su obra, nada menos que la distancia de doce siglos, nos debe servir para ayudarnos a comprender la realidad histórica europea en sus caracteres complementarios: en su unidad y en su diversidad. Hegel, en sus Lecciones de Filosofía de la Historia, intuyó la paradoja del propósito de Carlomagno al construir su Imperio con la mirada puesta en Roma  como ideal unificador, frente a  la energía propia del mundo germánico, que conducía al individualismo y la particularidad. Ese doble componente, en tensión dialéctica,  fue con el que se fraguó la realidad histórica de nuestro continente.

 

Es cierto que esa distancia histórica entraña dificultades para la comprensión del mundo carolingio y no es una dificultad menor la generada por la profunda secularización del continente. Es ésta una dificultad que en las Jornadas de Lieja puso de manifiesto un lúcido profesor de La Sorbona. Pero tal dificultad no debe hacernos tirar la toalla y contemplar nuestro pasado como mera arqueología.

 

Pero no es el momento de ahondar en estas disquisiciones. Lo que pretendo decir es que en la difícil hora que vive Europa debemos fijar cada vez más nuestra atención en su dimensión cultural e histórica, para reavivar la “conciencia europea”. La “conciencia europea” no puede alimentarse tan sólo de factores utilitaristas y con programas de factura tecnocrática. Tampoco es suficiente la defensa de la “comunidad de Derecho”, que tanto nos gusta proclamar a los europeístas como un rasgo esencial del proyecto de integración. La “conciencia europea” ha de tener un fundamento cultural, que ha de enriquecerse buceando en su historia.

 

La “Vía Carlomagno” ha de servir a este propósito. Es una ruta que aúna lo común y lo diverso. Que nos ayuda a descubrir las raíces históricas de nuestro continente. Porque Carlomagno enlaza con Roma y con el ideal de la civitas romana, que ya no se extinguirá en la historia europea; plantea un programa de “renacimiento cultural” con vocación universal, al que son convocados los mejores pensadores de la época, sin distinción de nacionalidad de origen (hasta un insular, Alcuino de York, será uno de los “sabios” más representativos de la primera generación del Renacimiento carolingio); y, al mismo tiempo, la configuración de un universo políticamente plural, con la distinción, como conceptos compatibles entre sí, entre Imperium y Regnum.

 

Unidad en la diversidad es el lema en que se podría resumir el espíritu de la “Vía de Carlomagno”, que es el que, como bien sabemos, aunque no hayamos logrado todavía  trasladarlo con la fuerza necesaria a la sociedad europea, es el que ha de definir el proyecto de integración.

 

La segunda pregunta es por qué el Movimiento Europeo se ha incorporado a este proyecto y por qué queremos impulsarlo. Evidentes razones históricas fundamentan nuestra participación en la iniciativa. El “mundo carolingio” llegó, en efecto, a partes de nuestro territorio peninsular. El hijo de Carlomagno, Luis el Piadoso, entonces rey de Aquitania,  conquistó Barcelona, que fue incorporada al reino franco, creándose el condado de  Barcelona con lazos de dependencia del reino franco.

 

Cuando en las Jornadas de Lieja –a las que ya he hecho referencia- nuestros amigos valones nos llevaron a un popular y delicioso teatrillo de marionetas, con un repertorio dedicado al mundo de Carlomagno y a sus hazañas, Roncesvalles formaba parte de él, exaltando como héroe a Roldán, víctima de los sarracenos conforme a la tradición que forma parte de las narraciones del Medievo. Pamplona fue una efímera capital de una pretendida Marca Hispánica del oeste pirenaico (806-816). Y Aragón forma parte también de las acciones expansionistas del mundo carolingio. Pero, además, la visión “europeísta” de Alfonso II de Asturias, que posteriormente fue ensalzada con hiperbólico entusiasmo, hasta el punto de incluir un mítico encuentro entre Carlomagno y el rey astur, quien, en coherencia con la misión restauracionista que había asumido, quiso insertar a los incipientes reinos cristianos peninsulares en el espacio de Europa, o de la Cristiandad, que con el impulso carolingio se fragua a lo largo del Medievo, con el esquema político dual de Imperium y Regnum, compatibles entre sí.

 

Contamos, pues, con todos los títulos para formar parte del mundo carolingio, y, por tanto de la Vía Carlomagno, y, también, tenemos mucho que aportar.

 

El historiador Emilio Mitre se ha referido a la “infravaloración” que han sufrido los dos países de la vertiente mediterránea de Europa, Italia y España, en la historiografía elaborada más allá de los Pirineos y de los Alpes. Mitre reivindica, con razón, las aportaciones de estas dos penínsulas. “Desde el punto de vista cultural –nos dice- co atribuyeron notoriamente a ese despuntar globalizador anunciado en el Renacimiento Carolingio”. No se puede olvidar, por ejemplo, la figura de San Isidoro de Sevilla, cuya influencia sería determinante para la cultura de la Europa altomedieval. Pero también –apunta el mencionado historiador- las dos penínsulas, y más intensamente la hispana, no sólo fueron campos de batalla en los que se libró el conflicto (religioso y de civilización) entre el Islam y el Cristianismo, sino que, precisamente por su condición fronteriza, fueron áreas de intercambio cultural que supusieron un enriquecimiento al conjunto de Europa, en situación de manifiesta inferioridad cultural hasta fechas muy posteriores.

 

De modo que en la “Vía Carlomagno” se puede hacer patente la vocación “europeísta” de los incipientes reinos hispánicos, en la que juega un papel fundamental el Camino de Santiago, en cuyo origen es figura destacada también Alfonso II. El Camino de Santiago entra de lleno en el renacimiento del espíritu carolingio. Hasta se expandió la leyenda que el mismo Carlomagno fue peregrino y visitó la tumba del Apóstol. La conexión entre uno y otro itinerario cultural no puede negarse. El origen del Camino de Santiago se sitúa históricamente en el tiempo del mundo de Carlomagno.

 

En su último discurso sobre el estado de la Unión Europea el Presidente de la Comisión Juncker calificó de “crisis existencial” el momento en que vive el proyecto de integración europea. El diagnóstico podrá ser más o menos compartido. Pero, en todo caso, supuso un aldabonazo, porque colocó en su dimensión más profunda  las dificultades por las que atraviesa la Unión Europea, que van más allá de los problemas de índole social y económico que hay que afrontar como consecuencia de la crisis desatada hace ya más de ocho años. La “crisis existencial” no es otra cosa que el debilitamiento de la “conciencia europea” por el auge de los particularismos con distinto rostro que se propagan en el suelo europeo.

 

El fortalecimiento de la “conciencia europea” se convierte, así, en una tarea prioritaria y vital para el futuro de Europa. Y, como ya apuntara Luis Díez del Corral en su ensayo “El rapto de Europa”, esa tarea no podrá tener éxito sin abordar lo que podríamos llamar un “ajuste de cuentas” con la “conciencia y naturaleza nacionales” de los diferentes pueblos europeos.

 

Es ésta una tarea política, en el sentido más amplio del término, que, desde luego, exige liderazgos con visión de futuro, no instalados en las mentalidades tecnocráticas, que sean capaces de volver a formular un proyecto claro, susceptible de ganar adhesiones en una ciudadanía europea ahora desorientada. Y que debe enlazar con los ideales que pusieron en marcha los “padres fundadores”, que también libraron un vigoroso combate político en los difíciles años de la postguerra europea al iniciar el camino de construir una Europa con una unión “cada vez más estrecha” de sus pueblos. Es, pues, una batalla política que tiene una dimensión cultural relevante, que está en las raíces mismas del proyecto.

 

El sentido de la “Vía Carlomagno” puede encontrarse como una contribución para fortalecer esa “conciencia europea”. Porque es una iniciativa que pretende la integración europea, busca dar a conocer y redescubrir a Europa como realidad histórica; es respetuosa con la diversidad de ese espacio en el que se desarrollará la ruta cultural; y ayuda a intensificar los lazos que nos unen desde un largo pasado y que hemos de proyectar hacia el futuro.

 

Deseo que Asturias, a partir del núcleo aquí congregado, contribuya con su trabajo e iniciativas al éxito de la “Vía Carlomagno”.

 

 

Eugenio Nasarre

Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo