Brexit: ¡Es la globalización, estúpido! Miguel Angel Benedicto. Secretario General del Movimiento Europeo en España.

El Brexit ha utilizado como cabeza de turco a la “burocracia de Bruselas” cuando el problema reside en cómo afrontar los retos que nos lanza el mundo globalizado.

La desigualdad es cada vez mayor en la UE y muchos ciudadanos se sienten desprotegidos por unos gobiernos que cada vez son menos proclives al modelo social europeo. El desempleo en la UE es del 10% pero en países como España o Grecia ha sido superior al 20% y para los jóvenes ha llegado a ser del 50%. Los trabajadores menos cualificados tienen cada vez más dificultades para encontrar empleo que suele ser precario,  la inmigración reduce los salarios, la Tercera Revolución Industrial crea trabajos pero en menor medida de los que se destruyen y se deslocalizan empresas a países emergentes.

Para paliar estos problemas de la globalización, el modelo social de mercado de la UE ha mantenido un Estado del Bienestar que tras la crisis de 2008 se ha visto recortado.  La educación, la sanidad, las prestaciones por desempleo o las pensiones son cada vez más difíciles de mantener por parte de los gobiernos. Ni la derecha ni la izquierda aportan soluciones tangibles a este problema, y el electorado ve como sus políticas son similares. La socialdemocracia está sumida en una grave crisis pues no es capaz de diferenciarse de los partidos liberal-conservadores. Ese hueco lo ocupan la extrema izquierda en países como Grecia o España; y la extrema derecha en Francia donde se ha convertido en la gran defensora del Estado social.

El descrédito de los políticos tradicionales y los casos de corrupción en la estructura nacional han provocado un distanciamiento cada vez mayor entre la ciudadanía y sus representantes políticos; y eso se traslada a la estructura política europea que es vista como una burocracia lejana a la que es difícil exigir responsabilidades y rendición de cuentas.

Si a los efectos de la crisis económica y la desafección política, añadimos nuevos retos como la  la crisis de los refugiados, el terrorismo o el envejecimiento de la población tenemos un cóctel perfecto para el surgimiento de los populismos y el renacimiento de los nacionalismos, uno de cuyos resultados ha sido el Brexit.

El Reino Unido, tras la consulta popular sobre la permanencia en la UE, ha quedado dividido entre jóvenes y viejos, lo urbano y lo rural, ricos y pobres, trabajadores cualificados y no cualificados, cosmopolitas y nacionalistas acérrimos. En algunos lugares, como Londres, la globalización ha sido positiva y allí se mezclan las culturas, florecen las empresas tecnológicas, el conocimiento ligado a algunas de las mejores universidades del mundo y bulle el multiculturalismo y la apertura comercial. En cambio, en otras poblaciones galesas o inglesas, el desempleo es mayor, los salarios son bajos y los trabajos precarios y la inmigración y el libre comercio se ven con ojos de competencia desleal, miedo e incluso rechazo. Es ahí donde el UKIP y los partidarios del Brexit han “colado” sus mentiras, triunfan los mensajes populistas, proteccionistas y xenófobos, se vende más prensa sensacionalista y líderes como Nigel Farage tienen gran predicamento cuando proclama que van a “recuperar el control”.

Y este no es un fenómeno sólo británico sino que está echando raíces en el continente. Así vimos como a las pocas horas de conocerse el resultado del referéndum los líderes de la ultraderecha francesa, Marine Le Pen y holandesa, Geerts Wilders, proclamaban a los cuatro vientos la necesidad de una consulta popular en sus respectivos países. Para evitar ese efecto dominó, los  27 estados miembros deben  mostrar a Londres que la salida de la UE no es gratuita. En los países nórdicos, Suecia suele estar de acuerdo con los planteamientos británicos sobre la UE y  la extrema derecha, que  ha crecido después de la entrada de miles de refugiados,  también podría seguir los pasos de Londres. Algo parecido puede suceder en Dinamarca, que como el Reino Unido tiene cláusulas de op-out y no desea ceder más soberanía a Bruselas.

La preocupación de Bruselas se extiende a los países del Centro y Este de Europa, donde Hungría tiene previsto celebrar un referéndum para decidir si deben o no aceptar la cuota de refugiados que le impone la Comisión Europea. Polonia, pese a que no estará por más integración europea, es probable que no quiera realizar consultas pues es el país que más dinero obtiene de los fondos europeos. Y Austria tiene que volver a repetir las presidenciales con una extrema derecha en ascenso.

En las instituciones europeas también se está pendiente de los países bálticos que podrían verse afectados por las tensiones entre su población más pro europea y las minorías pro rusas.

En la periferia europea es la extrema izquierda la que triunfa con el gobierno griego de Syriza a la cabeza. Podemos es la tercera fuerza política en España, el Movimiento Cinco Estrellas se afianza en Italia y comunistas y marxistas presionan al gobierno socialista portugués con medidas antiausteridad.

Sin embargo, la recuperación del control que proclaman los líderes populistas y xenófobos no es posible en un mundo globalizado como el actual el Estado nación se ha mostrado obsoleto para resolver problemas que requieren  estructuras más complejas y en ocasiones cesión de soberanía.

Londres que siempre ha defendido el libre comercio, los valores de la democracia liberal o ha ejercido de contrapeso a las potencias continentales de Francia y Alemania; podría involucionar hacia el proteccionismo, el populismo xenófobo y el nacionalismo como reacción a la inseguridad económica y a las fronteras abiertas de la globalización, pese a que los euroescépticos camuflen el problema como burocracia de Bruselas. La gran defensora del mercado y de la desregulación se retiraría al castillo del aislamiento con un foso antiimigración que, como reconoce la Oficina británica de Responsabilidad Presupuestaria, ha tenido un impacto positivo en la economía de la isla.

El Brexit puede ser un campo de pruebas para ver si funcionan las recetas populistas en la lucha contra los efectos negativos de la globalización. De momento, sus líderes se han marchado o han tomado la puerta de atrás.

Veremos cómo los problemas que sufren Reino Unido y la UE no se solucionan con más nacionalismo, proteccionismo y cierre de fronteras sino con más y mejor Europa. Los partidos tradicionales deben diferenciarse y ayudar a disminuir la desigualdad, que daña el crecimiento y aumenta la inseguridad, si quieren vencer a los populistas xenófobos con tinte proteccionista. Para acabar con los efectos negativos de la globalización hay que reconciliar el liberalismo con la igualdad. La solución está en el modelo social europeo. Una Europa más integrada y próspera, más competitiva y social, más joven, más democrática, más cercana, abierta y cosmopolita, menos desigual  y que sea capaz de ilusionar.