25 Aniversario caída Muro de Berlín

El Consejo Federal Español del Movimiento Europeo organizó un acto para conmemorar el XXV aniversario de la caída del Muro de Berlín el pasado 6 de noviembre en la Sala Constitucional del Congreso de los Diputados con la presencia del ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación José Manuel García-Margallo, el ex presidente del Parlamento Europeo, Enrique Barón, el Ministro de la Embajada Alemana, Heinrich Kreft y el presidente del CFEME, Eugenio Nasarre; moderados por el secretario cuarto de la Mesa del Congreso de los diputados, Teófilo de Luis.
El Consejo Federal Español del Movimiento Europeo organizó un acto para conmemorar el XXV aniversario de la caída del Muro de Berlín  el pasado 6 de noviembre en la Sala Constitucional del Congreso de los Diputados con la presencia del ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación José Manuel García-Margallo, el ex presidente del Parlamento Europeo, Enrique Barón,  el Ministro de la Embajada Alemana, Heinrich Kreft  y el presidente del CFEME, Eugenio Nasarre; moderados por el secretario cuarto de la Mesa del Congreso de los diputados, Teófilo de Luis.
Intervención de Eugenio Nasarre, Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, en el acto de conmemoración del veinticinco aniversario de la caída del muro de Berlín.
El propósito del Movimiento Europeo al promover, precisamente en la sede de la soberanía nacional,  este acto es tan sencillo que se puede decir en muy pocas palabras:  conviene recordar, es bueno recordar, celebrar y no olvidar los acontecimientos de aquel otoño e invierno de 1989 que cambiaron la historia de Europa, y también la  del mundo. Dicen que el tiempo va borrando los perfiles y la dimensión  de los hechos. Con todo lo que ha pasado en el mundo en estos cinco lustros algunos tienden a relativizar la trascendencia  de lo que sucedió en aquellas semanas, que tuvo su preludio ya en aquel verano de 1989, en la que las fronteras no podían detener el éxodo creciente de personas que atravesaban el ya agrietado telón de acero. Desde luego, “la revolución de 1989” no fue el fin de la historia. Pero como europeo tengo que decir que la Europa anterior a 1989 y la posterior tienen una diferencia abismal. Y que la que surge a partir de 1989 es infinitamente mejor.
Entre la abundante literatura que se publicó a raíz de la descomposición del bloque soviético, acaso mi libro preferido fue el que escribió Ralf Dahrendorf: sus “cartas al ciudadano de Varsovia”, que evocaba  las de Edmund Burke  “al joven caballero de París”  de doscientos años antes. Si Burke afirmó haber derramado “lágrimas de dolor”,  para Dahrendorf  las lágrimas de la “revolución de 1989” fueron de alegría. Creo que muchos europeos nos identificamos con el sentimiento bellamente escrito por Dahrendorf.  Y había motivos para ello.
Porque el final de la segunda guerra mundial, con la derrota del nazismo y el fascismo, no desembocó en una Europa aceptable. En los dramáticos años de la postguerra se levantó el “telón de acero” que escindió a Europa por cerca de medio siglo. No es que fueran dos Europas diferentes pero equiparables. Es que constituían dos modelos antagónicos, basados en principios que no se podían conciliar. El de Europa occidental era el modelo de la sociedad abierta, de la democracia, de las libertades y derechos humanos y de la economía social de mercado. El de la Europa del Este era el de la sociedad totalitaria, de la ausencia de libertades, de la opresión y de la economía colectivista  rígidamente planificada.
Europa occidental, además, gracias a la clarividencia de unos hombres preclaros, puso en marcha el más sugestivo proyecto histórico de los últimos siglos: la integración europea, edificada sobre los valores de la libertad, de la democracia y de la reconciliación entre los europeos.
Por eso no tenemos el derecho de  olvidar la dramática experiencia histórica de aquella Europa escindida, aunque la occidental hubiera emprendido un fecundo camino de prosperidad y bienestar. Los europeos de mi generación nos formamos con la idea de que había que aceptar como inevitable el muro que nos separaba. Un escritor tan lúcido como Raymond Aron, en su Plaidoyer pour l`Europe décadent” escrito Una década antes de 1989, constataba   la fascinación que todavía producía  la “vulgata marxista” en medios intelectuales de la Europa occidental.
Por eso “la revolución de 1989” resultó tan asombrosa como inédita. No sólo por su carácter pacífico, a excepción de Rumanía. Timothy Gaston Ash    señaló que, a diferencia de lo que es propio de  las revoluciones, en ésta no se pretendió  establecer un “orden nuevo” sino que fue el triunfo de “viejas ideas probadas”.
La “caída del muro”, en efecto,  derribó muchas cosas, muchos prejuicios, muchos relatos. Y abrió las puertas al reencuentro de las dos Europas escindidas. Lo que no se podía hacer antes de la “caída del muro” ya era posible.  El proyecto de éxito de la integración europea tenía que dar una respuesta a este  tiempo nuevo. Y lo hizo a la altura de las circunstancias: con la visión europeísta de Helmut Kohl y con el impulso de Jacques Delors: la profundización hacia una Unión Política y la ampliación como tareas simultáneas. Y así llegó Maastricht, el mayor avance del proceso de integración, probablemente desde el Tratado de Roma. Maastricht no se puede entender sin la “caída del muro”.
Es en esta Europa en la que vivimos hoy. Una Europa, ciertamente, con problemas. Pero una Unión Europea que es una comunidad de derecho, en la que las libertades y derechos se protegen como en ningún otro lugar del mundo, en la que la democracia rige nuestra convivencia.
Sí. Con la “caída del muro” y la “revolución de 1989”  la visión de Europa de los “padres fundadores” y de los valores en los que se asentó ha adquirido un vigor que aumenta nuestra responsabilidad.
A mí me gustaría que esta conmemoración nos sirviera, al menos,  para dos cosas: reafirmar esos principios, esas “viejas ideas probadas”, como sostén del camino que tenemos  que recorrer, y dar un nuevo avance ambicioso hacia una Unión todavía más estrecha de los pueblos europeos, con el horizonte del federalismo, que ya figuraba en la Declaración Schuman.
Sí, hay motivos más que sobrados para celebrar con gozo y renovadas  convicciones  aquel 9 de noviembre de 1989, porque, como dijera Darendhorf, “Europa puede convertirse en una esperanza de libertad en tiempos turbulentos”.

Berlín, de muro a puerta. Por Enrique Barón Crespo.
Hace veinte años,  cayó el muro que convirtió  la helénica puerta de Brandenburgo de histórico acceso a Berlín en barrera infranqueable.   Con carga simbólica, la cuadriga que la corona estaba  colocada en sentido contrario; otrora,  Napoleón se la había llevado a Paris. Una ciudad y un país partidos por  un telón de acero, pero también un continente y un mundo dividido en dos, consecuencia de las Conferencias de Yalta y Potsdam, que atravesaba  el continente.  El muro de Berlín era su parte más significativa, con sus 169 km, que en Alemania llegaba a 1.800 y se prolongaba por Checoslovaquia y Hungría.  . Con todo,  mucho menos que la gran muralla china, con sus  6770 km.  Obras que tienen en común a largo plazo su inutilidad –  tratan de poner puertas al campo – aunque   hayan  dejado huellas perdurables, y no sólo físicas.

Mi contribución se centrará en la dimensión europea del acontecimiento a partir de mi experiencia como Presidente del Parlamento Europeo (PE) de la época.   No pretendo con ello hacer sólo un relato autobiográfico: desde el primer momento, el PE fue el  foro europeo en que se debatió el tema públicamente, con luz y taquígrafos.  Desde entonces, su contribución ha tenido un sentido constructivo, y hoy conviven y trabajan  en su seno mujeres y hombres procedentes de las dos Europas separadas por el muro.  El hecho de que su actual Presidente sea el polaco Jerzy Bucek  es un muestra más de esa reconciliación histórica con visión de futuro. 
   La noche del 9 de noviembre de 1989 me encontraba en el hotel Plaza de Roma con mi esposa, Sofía Gandarias, preparándonos para la cena que  ofrecía el Gobierno italiano en la majestuosa Villa Madama, con motivo de  mi visita oficial a Italia. Recibí una llamada de un joven periodista, Marco Zatterin, comunicándome que había caído el muro de Berlín y pidiéndome una declaración al respecto.

Mi respuesta fue preguntarle a mi vez si había caído en sentido propio o figurado. Como él tampoco lo sabía, nos dimos  media hora de tiempo para verificar la noticia.  Ni que decir tiene que en la exquisita cena con el Presidente de la República, Cossiga, el Presidente del Consejo Andreotti y el Ministro de Asuntos Exteriores, De Michelis, el plato político único fue la noticia y sus consecuencias. 
En realidad, lo que pasó fue que hacia las 7 de la tarde     en una conferencia de prensa de Günter  Schabowski, portavoz del politburó germano oriental, retransmitida en directo por TV, el periodista italiano  Riccardo Ehrman     preguntó  por  una regulación que permitía a los ciudadanos de la RDA   salir un máximo de 30 días al año con grandes trabas burocráticas.  . El portavoz se puso nervioso y releyó el texto   «… hoy hemos decidido aprobar una regulación que permite a todo ciudadano de la RDA salir del país por los cruces de frontera  »,  .  ¿Cuándo entra en vigor? , volvió Ehrman a insistir. «Ab sofort!» (De inmediato), respondió Schabowski.  Ehrman anunció entonces la caída del muro a su Jefe que consideró que se había vuelto loco.   Años después, el periodista reveló que una garganta profunda del Politburó le había soplado la pregunta. 
Como la rueda de prensa había sido televisada, muchos  alemanes se acercaron a los pasos del Muro para ver si era posible realmente pasar al otro lado. En la  Friedrichstrasse y la Bornolmstrasse, los Vopos (Policia popular) en vez de tirar a la gente que se agolpaba, abrieron paso hacia las 8’30.    La mejor definición de la pregunta de Ehrmann fue una frase de Willy Brandt: «Kleine Frage, grosse Wirkung” (pequeña  pregunta, gran eficacia”.

No   nos pilló de nuevas el tema sino la rapidez. A lo largo del año se habían ido acumulando los signos precursores de que el bloque soviético era una olla a presión hirviendo al límite.  Había sido delimitado por Stalin en Yalta y Potsdam, donde impuso su mapa de la Europa Central y Oriental, con una  lógica político-militar  imperial tradicional en la que  “el que ocupa el territorio impone también su sistema social hasta donde llega su ejército. No puede ser de otro modo”.  En 1945, el ejército soviético llegó al corazón de Berlín, al Reichstag, junto a la puerta de Brandenburgo, el lugar más emblemático donde se preparó la famosa foto del soldado ruso izando su bandera sobre sus ruinas.  
   En el corazón del imperio,   la política de Gorbachov de perestroika (reestructuración) y glasnost (transparencia) , más apreciada en occidente que en su propia casa,   había fulminado al apparatchik Honecker, veterano líder de la Republica Democrática Alemana, con un lapidario augurio: “ la vida castiga a los que llegan tarde”.

Fue cesado el 18 de octubre, tres semanas antes de la caída del muro.  Mientras tanto, la siempre rebelde Polonia había celebrado elecciones en abril con un 99% de electos de Solidarnosc y la formación del Gobierno Masowiecki; en verano los Ministros de Asuntos Exteriores de Hungría, Guyla Horn y de Austria, Alois Mock habían rasgado simbólicamente  el telón de acero, cortando el alambre de espino entre sus dos países.   Los turistas de la Alemania del Este iban ocupando  las embajadas de la Alemania Federal y se pasaban al Oeste. También se producían manifestaciones multitudinarias  en Checoslavaquia  .
Eran movimiento sísmicos de fondo que repercutían hasta lo más íntimo en líderes  y ciudadanos que en su mayoría habían vivido la guerra. Ante el hecho, hubo reacciones positivas de inmediato del Canciller Kohl, apoyado por el Presidente Bush senior y Felipe González y silencios clamorosos que reflejaban  los temores de volver al pasado así como  el deseo de mantener un “statu quo” expresado en el cínico comentario de Mauriac:“quiero  tanto a Alemania que estoy contento de que haya dos”.
Tras hacer una primera declaración favorable, convoqué una reunión extraordinaria de la Mesa Ampliada (órgano que entonces  reunía  la Conferencia de Presidentes y la mesa del PE) una semana después, el 16 de noviembre para estudiar la respuesta a dar.  Los presidentes de los grupos expresaban la diversidad europea:  cuatro eran franceses, Jean Pierre Cot, ex ministro, el grupo socialista; Valery Giscard d’Estaing, ex Presidente de la República, el liberal; Christian de la Málene, resistente, por la derecha soberanista y Solange Fernes, verde; un británico, Sir Christopher Prout, conservador; un italiano, Luigi Colajanni, la izquierda; Efremedis un comunista griego resistente, y dos alemanes, Klepsch, representante del Grupo demócratacristiano y el republicano Schönhuber ,un ex SS.

La propuesta era saludar unos acontecimientos que respondían al compromiso de respeto de los derechos fundamentales de las personas recogido en los Tratados constitutivos,  incluido el derecho a la libertad de circulación, así como la autodeterminación  a través de elecciones justas y libres. El acuerdo fue apoyar la reunión informal que iba a celebrar el Consejo Europeo en Paris bajo Presidencia francesa y solicitar la comparecencia del Ministro de Asuntos Exteriores, Dumas, para informar de la misma y aceptar la invitación del Presidente de la Volkskammer  para visitar la República Democrática Alemana (RDA).,
En paralelo, con la inestimable ayuda de mi Jefe de Gabinete, el Embajador Pons y el Secretario del PE, Enrico Vinci, cursé invitaciones al Presidente Mitterrand y al Canciller Kohl.  Una invitación para comparecer a dúo sin precedentes.  Ambos aceptaron de inmediato. Una  semana después, tras anunciar la concesión del Premio Sajarov a Alexander Dubceck, comparecían conjuntamente el Presidente del Consejo Europeo en ejercicio, el Presidente Mitterrand y el Canciller Kohl.  Resulta muchos más aleccionador conocer su propia  expresión como  principales protagonistas que    muchas de las especulaciones actuales sobre sus respectivos comportamientos, hechas a partir de la apertura de archivos o fuentes de segunda mano.
El Presidente Mitterrand compareció como Presidente del Consejo Europeo para explicar su reunión. Lo hacía por segunda vez en un mes, porque la “historia se escribe día a día. “ para afirmar que el 9 de noviembre en Berlín la historia en marcha ofrecía al mundo el espectáculo, improbable aún la víspera, de una brecha en el muro que por sí solo simbolizaba, desde hacía casi 30 años, los desgarros de nuestro continente. Aquel día, la democracia y la libertad, ganaban una de sus más bellas victorias.  El pueblo había hablado y su voz atravesaba las fronteras, rompía el silencio de un orden que no había querido y que aspiraba a repudiar para recobrar su identidad”.
Tras expresar su emoción, saludar al Canciller Kohl y expresar su consideración a Gorbachov por el papel desempeñado” situó la cuestión  en un momento de reflexión, de análisis común de las consecuencias para el equilibrio europeo y en la voluntad de la Comunidad y sus miembros de aportar su ayuda a los países del Este que “han contraído compromisos ante sí  mismos”.  Las conclusiones de cara al futuro se planteaban sobre el futuro mismo de la Comunidad, los valores comunes que se reivindicaban  que pasaban los muros.  La primera era “afirmar nuestra propia identidad como Comunidad para proceder a la apertura hacia el Este”, lo cual “depende estrictamente de la voluntad política que sepa demostrar que la unidad política presida finalmente todas las acciones emprendidas desde que los fundadores concibieron Europa”.
A continuación enumeró medidas concretas, como la negociación de un acuerdo urgente con el el FMI para Polonia y Hungría, países merecedores de un esfuerzo adicional al estar procediendo a establecer sistemas democráticos, así como  un acuerdo comercial con la República Democrática alemana.  Consciente de “nunca se hace bastante, nunca se va lo bastante deprisa”, planteó medidas para acompañar el movimiento de reformas, como la creación de un Banco para el desarrollo de  la Europa del Este, la extensión de programas de formación como Erasmus, la entrada de los países en el Consejo de Europa y el GATT, afirmando la necesidad de ser capaces en el inmediato Consejo Europeo de Estrasburgo de Diciembre “de llevar a buen término los proyectos fundamentales que permitirán  a nuestra Europa dotarse de los instrumentos de política económica y monetaria, de política social y medio ambiental así como la conclusión del mercado interior”.  Concluyó afirmando su deseo de que “el modo en que la Comunidad determine su acción sirva de ejemplo a los países del Este que buscan, se mueven, se angustian, esperan.  Para los millones de hombres y mujeres que como nosotros sueñan que un día Europa será Europa”.
Por su parte, el Canciller Kohl partió de que en “en el occidente de Europa los Estados miembros de la Comunidad se están preparando activamente para el desafío del siglo XXI, en el que merced al mercado interior de 320 millones de personas se puede dar el paso a la Unión política   que queremos  y que debe seguir adelante”.   A partir de ahí pasó a examinar los cambios que se estaban produciendo con velocidad vertiginosa en el continente, expresando su reconocimiento a la perestroika de Gorbachov, que abría por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial la fundada esperanza de una superación del conflicto Este-Oeste, de una estabilidad duradera gracias a  una libertad común para toda Europa “a la que pertenecen no solo Londres, Roma, La Haya, Dublín y Paris , a Europa pertenecen también Varsovia, Budapest, Praga y Sofía y también naturalmente, Berlín, Leipzig y Dresde”. Tras referirse a los avances con Polonia y Hungría expresó que “el deseo de libertad de los alemanes de Berlín Este y de la RDA ha acabado pacíficamente con el muro  y con las alambradas con una fiesta de reencuentro, pertenencia mutua y unidad” “Los alemanes que al fin se reúnen bajo el espíritu de libertad, no constituirán jamás una amenaza sino un beneficio para la unidad de Europa”. “La división de Alemania ha sido desde siempre una expresión visible y especialmente dolorosa de la división de Europa.  Por el contrario, la unidad de Alemania sólo se podrá ver cumplida si avanza la unificación de nuestro viejo continente.  La política alemana y la política europea no son separables.  Constituyen dos caras de la misma medalla”.
A continuación, pasó a examinar la situación de los alemanes de la RDA, en la que a” a pesar de la alegría por la libertad de movimientos  nos hallamos solo al comienzo, no se ha logrado aún el objetivo: las personas de la RDA quieren la libertad en todos los ámbitos de su vida”.  Le tomó la palabra al nuevo Jefe de Gobierno, Hans Modrow (político comunista  aperturista,  más tarde eurodiputado) sobre las reformas anunciadas  y la necesidad de eliminar el monopolio del SED (Partido Socialista Unificado) para poder ejercer libremente el derecho a la autodeterminación.

Al respecto, consideró necesario expresar la filosofía de la RFA, en la que el Gobierno mantenía firmemente el objetivo formulado ya por Adenauer: “Una Alemania libre y unida en una Europa libre y unida”, doble  obligación constitucional inscrita en la Ley Fundamental  y recalcó que la tarea tenía “una dimensión global europea”.
El tenor de las intervenciones de los representantes de los grupos políticos fue muy mayoritariamente de apoyo. Cot, por los socialistas, subrayó la importancia de la orden de Gorbachov de que los tanques soviéticos permanecieran en sus acantonamientos, tras recordar la Ostpolitik de Willy Brandt como precedente, afirmó que los alemanes orientales debían ejercer su derecho libre y soberanamente, incluida la posibilidad de ser parte de una Alemania unificada en una Europa unida. Concluyó celebrando los hechos en el momento del Bicentenario del Revolución francesa.  El alemán Klepsch ( nacido en la actual Checoslovaquia) en nombre del PPE, se refirió de modo especial al aprovechamiento de los  medios financieros para apoyar los  procesos en curso.  Giscard d’Estaing, ( nacido en la Alemania ocupada tras la gran guerra), en nombre del grupo liberal, inició su intervención afirmando que “el día de hoy datará tal vez el nacimiento político del PE en el momento en que la marea de la libertad hace saltar en Europa Oriental todos los diques.”  La respuesta debía ser: “aceleración de la Unión de la Comunidad, ayuda masiva comunitaria a los países del Este, con dos complementos   indispensables: no correr riesgos inútiles en relación unas alianzas militares que no presentaban riesgos para la paz y acelerar la unión de la Comunidad con el objetivo de llegar a un federalismo moderno basado en la subsidiariedad” y concluyó con  un apoyo explícito a la reunificación alemana, no como una hipótesis de recambio de la Comunidad sino como un impulso a su unión para ofrecer el marco para la reunión `política del pueblo alemán.   
En la misma línea se pronunciaron el resto de los oradores, salvo la intervención llena de alborotos según el  Diario de Sesiones del republicano Schönhuber, quien atacó frontalmente al Canciller Kohl, acusando a la RFA de vergonzoso oportunismo y defendiendo una posición nacionalista  alemana como patriota purificado” frente a la Comunidad”. Con distintos acentos críticos se pronunciaron el comunista griego Efremidis, la verde alemana Piermont  en contra de la unidad y el neofascista italiano Rauti.
El Presidente de la Comisión, Jacques Delors, tras saludar el acontecimiento y  asumir la responsabilidad de poner en práctica las medias propuestas por el Presidente Mitterrand en nombre del Consejo, retomó la definición de Giscard sobre el nacimiento político del PE y   expresó  compartir los sentimientos de emoción, alegría y añadió solidaridad” para con nuestros amigos alemanes  a ambos lados del telón de acero en vías de desaparición”.   Como militante europeísta, expresó su convicción de que la medida de cooperación política adoptada por el Consejo era la más importante de la historia comunitaria y manifestó su convicción de que hacían falta más medios, coordinación y rapidez de ejecución para concretar las esperanzas, para lo que había que “reforzar la Comunidad, aumentar su dinamismo, acelerar su integración y concebir desde ahora mismo la arquitectura de la gran  Europa“.
El debate se cerró con la votación por mayoría aplastante – con sólo dos votos en contra – de una resolución en la que se valoraban los acontecimientos en la Europa Central y Oriental  y  la apertura del muro a partir de la aspiración pacífica a  libertad de las personas  reconocía: el derecho de autodeterminación de la población de la RDA, incluida la posibilidad de ser  parte de una Alemania unificada en una Europa Unida,  pedía una rápida respuesta de la CE  en el terreno de la ayuda y la cooperación para la Europa central y del Este, “en cuyo marco pueda hacerse el ofrecimiento de unas vinculaciones institucionalizadas a todos aquellos países que lo deseen ( tímido eufemismo para designar la adhesión ) y, “last but not least”,  insistía en la importancia de una política de seguridad mutua y de las negociaciones de desarme en vísperas de la cumbre Bush-Gorbachov.  El Canciller Kohl comentó más tarde su asombro ante el decidido apoyo socialista tanto en el PE como entre los Jefes de Gobierno de  esa  familia política a la resolución de la cuestión alemana.
El  debate en el PE tuvo la importancia de su oportunidad, al realizarse menos de dos semanas después de la caída del muro, y sobre todo por el carácter de sus participantes,    líderes y parlamentarios que habían vivido, participado o sufrido  en su mayoría la Guerra Mundial.  Para los alemanes en su mayoría, miembros del mayor  pueblo en el centro del continente,  sin fronteras delimitadas, con una fuerte identidad cultural e histórica se planteaba la esperanza del reencuentro, para muchos otros, la perspectiva de una Alemania unificada y poderosa que podría plantearse de nuevo su “sonderweg”- su propio camino excepcional- era sentida como una amenaza.

Sin embargo, tanto el ambiente como el resultado mostraron  que el espíritu comunitario se había encarnado profundamente entre los europeos occidentales y también que constituía una legítima aspiración de los excluidos a la fuerza por el establecimiento de un  muro  tan indestructible como un telón de acero., como tuve el honor de manifestárselo directamente en nombre del PE ante los Parlamentos elegidos democráticamente de Polonia, Hungría y Checoslovaquia. 
Especial relevancia tuvieron los discursos y los silencios de Mitterrand y Kohl en su comparecencia conjunta. Mucho se ha escrito y especulado sobre sus diferencias, lo extraño hubiera sido que nos las tuvieran.

Lo relevante es que fueron capaces de encauzarlas y superarlas, partiendo de una pesada herencia de enfrentamiento, incluida la suya personal.  Esa es una de las virtudes del método comunitario o más bien de su espíritu, que hizo posible en su momento que Pierre Uri un profesor de filosofía francés perseguido por Vichy,  pudiera redactar el Tratado de Roma de la cruz a la raya bajo la supervisión y control de Hans von der Groeben, un alto funcionario alemán bajo el nazismo.   La lealtad básica se mantuvo con dificultades, ya que el mismo 28 de noviembre Kohl anunció en el Bundestag su plan de 10 puntos por la Unidad alemana, en el que cabe destacar un plan de confederación alemana y su incardinación en la Comunidad Europea, frente a las tentaciones de una unidad neutralista.

El proceso se iba configurando como 2 + 4 (2 Estados alemanes más cuatro potencias ocupantes, EE.UU., URSS, Gran Bretaña y Francia), con la dimensión europea comunitaria entre 12 Estados miemebros, y una dimensión europea más amplia, la CSCE.
Dos semanas después de este único debate público, el Consejo Europeo de Estrasburgo, ante el que  presenté un decálogo de propuestas entre las que figuraban la ampliación, la unidad alemana y la necesidad de añadir la Unión Política a la prevista convocatoria de una Conferencia Intergubernamental sobre la Unión, decidió dar el paso.   El papel de los  dirigentes europeos de los Estados de la Unión fue decisivo. Provenientes de diversos horizontes políticos,  supieron comprender el alcance de la transformaciones en curso y el valor de la unidad.  No sin consecuencias, otro de los protagonistas, el primer ministro democristiano holandés Lubbers, pagó sus advertencias  abiertas sobre los riesgos de la reunificación con un solapado veto  a su candidatura a la Presidencia de la Comisión en Corfú en 1994.
Con todo, no fue un camino de rosas. El mismo mes de diciembre, el Presidente Mittterrand realizó su única visita oficial a la RDA, en medio de una evidente tensión con el Canciller Kohl que se manifestó en su no asistencia el día 22 a la solemne apertura de la Puerta de Brandenburgo, que da acceso justamente a la Pariser Platz.  El Presidente francés, aún aceptando como legítimo el deseo de reunificación de los alemanes, añadía un “si quieren y pueden”.

En los diez puntos de Kohl, le faltaba la respuesta a tres cuestiones fundamentales: su no  reconocimiento explícito de la frontera Oder-Neisse con Polonia, el ritmo del proceso de unificación y su forma así como  la cuestión de las alianzas resultantes.   Un factor más se añadió, la elección el 29 de diciembre a la Presidencia de la Checoslovaquia libre del  escritor y resistente Vaclav Havel.  Mitterrand intentó una respuesta con su plan de Federación, a partir de la Comunidad, y Confederación, del Consejo de Europa.  Havel fue el primero en rechazar esta división.
La aceleración del proceso, con lo que se llamó el voto con los pies de los ciudadanos de la RDA que amenazaba con convertirse en una huída masiva., precipitó los acontecimientos.  En marzo, los ciudadanos de la RDA votaron por primera vez libremente, dando un apoyo masivo a la reunificación, y en el plano europeo, el acuerdo franco alemán permitió abrir en la cumbre de Dublín el camino a la reforma.  El 1º de julio, se hizo realidad la Unión política y monetaria alemana.  En el PE acompañamos este proceso con la creación de una comisión temporal que permitió la incorporación de 18 observadores procedentes de la RDA  que tras las elecciones se convirtieron en diputados europeos provenientes de los “länder” del Este.  Además, se aprobó la consideración de estas regiones como objetivos 1, lo cual significó que de la noche a la mañana, la Alemania unificada pasaba a recibir un volumen de fondos comunitarios cercano al español, en aquellos momentos el más elevado.
El 3 de Octubre se celebró por primera vez el día de la unidad alemana  con una de las manifestaciones de masas más importantes que he presenciado en mi vida.  Todos los servicios de protocolo y orden se vieron desbordados  ante la marea humana que convergía hacia el Reichstag.   En la sesión solemne en el Bundestag, el Presidente federal Richard von Weiszäcker me colocó a ambos lados  al Presidente de la Comisión, Delors y a mí como Presidente del PE. Tuve el honor de hablar el mismo día en la sesión solemne celebrada en la Paulskirche de Frankfurt, santuario del constitucionalismo alemán desde 1848.
Ese mismo mes, expuse en Roma ante el Consejo Europeo reunida en el Palazzo Madama, sede del Senato della Repubblica, la visión del PE sobre el proceso europeo con una propuesta de participar activamente en las negociaciones del futuro Tratado y la preocupación por el comienzo de implosión de Yugoslavia.  El entonces Presidente del Consejo, Gianni de Michelis, comentó a la prensa que la osadía de mis propuestas habían suscitado comentarios críticos   por parte de varios miembros del Consejo Europeo, empezando por el Presidente Mitterrand, lo cual me valió un aumento del respaldo en el PE.  También tuve ocasión de explicar a un impaciente Canciller Kohl los detalles de las negociaciones con el Bundestag sobre la incorporación de los observadores alemanes y escuchar a una siempre cortés y segura Sra. Thatcher acerca de la inutilidad de la cumbre.  Poco podía imaginar que su intransigente actitud ante el proceso  europeo, en especial la unidad alemana,  iba a ser uno de los motivos de su defenestración por la  guardia pretoriana conservadora al mes siguiente.
En el siguiente Consejo celebrado en la Sala Della Lupa de Montecitorio logramos que se convocara además de la Conferencia Intergubernamental sobre la Unión Económica y Monetaria, que venía siendo objeto de una larga preparación desde 1987, la relativa a la Unión Política. Por primera vez, se aceptó nuestra propuesta de participación del Parlamento Europeo a través de la Conferencia Interinstitucional Preparatoria,  con lo que pudimos fortalecer de modo importante la democracia y la eficacia de la naciente Unión.  Además, convocamos una reunión con los Parlamentos Nacionales de la Unión en  la que planteamos conjuntamente la necesidad de dar el paso político a la Unión.  Sendas iniciativas que constituyen precedentes de la Convención como forma pública y democrática de debate constituyente europeo.
A la prevista y preparada Unión monetaria con la moneda única conseguimos que se añadiera   la   ciudadanía, reiteradamente propuesta por el PE e introducida en el orden del día del Consejo por el Presidente González.  Con ello, unimos por una vez la bolsa y la vida.   En lo que respecta a la democracia, nuestra “short list” era conseguir la codecisión, es decir, el poder legislativo compartido; participar en la elección de la Comisión con un mandato de cinco años coincidente con las elecciones europeas y el reconocimiento de los partidos políticos.   El resultado de este Tratado engendrado en Roma fue el Tratado de Maastricht, por el que nacía la Unión Europea.
Aunque el tango dice que veinte años no es nada,  en este caso han pasado muchas cosas.  La Unión Europea ha crecido de 12 a 27 Estados ( con dos incorporaciones en puertas ) y de 320   a 500 millones de ciudadanos, tiene una moneda única, el €, que funciona, nos protege y a pesar de nosotros mismos, se ha convertido en una moneda de reserva mundial.  En este punto, hay que rendir homenaje al Canciller Kohl que dio el paso de cambiar el marco por el Euro, en contra de su propia opinión pública.   Es un modelo pionero de las organizaciones políticas de futuro en el mundo globalizado a partir del multilateralismo regional.  Las reuniones del G 20 se parecen más al Consejo Europeo que a las del G 7 por su organización, parafernalia y dinámica.  
   La fuerza de los ciudadanos derribó pacíficamente el muro que dividía Europa y el mundo.  Sin embargo, quedan todavía muros mentales entre nosotros en relación con la noble causa que compartimos. Son más difíciles de combatir y curar que los físicos.  La trabajosa gestación del Tratado de Lisboa, recuperación del naufragado Tratado Constitucional, da fe de ello. No obstante, también en este caso estamos abatiendo los muros de la desconfianza y el nacionalismo estrecho. Es de esperar que su entrada en vigor abra de par en par una gran puerta de futuro para una Unión Europea abierta al mundo.

En la prensa:

http://www.abc.es/internacional/20141106/abci-margallo-muro-berlin-201411062104.html
http://www.lavanguardia.com/politica/20141106/54419637490/margallo-catalunya-puentes-hacerlos-desde-orillas.html
http://www.europapress.es/nacional/noticia-margallo-pide-serenidad-audacia-crisis-institucional-territorial-espana-20141106210134.html