Georgia debe despertar si quiere hacer realidad su sueño europeo

Marcos Casariego Santamaría – Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Nebrija

“En el Cáucaso el pasado pertenece al presente porque nunca se les ha permitido escribir una historia propia”

(Wojciech Jagielski. Un buen lugar para morir, 2009)

Una región, una nación, en perpetuo fuego cruzado. Ubicada geográficamente entre las dos hileras de montañas del Cáucaso, con el Mar Negro en su frontera oeste. Un lugar donde han chocado grandes imperios, con continuas agresiones y ocupaciones de persas, otomanos, rusos y mongoles, manteniendo aun así una identidad propia y única que perdura hasta nuestros días.

Con la Revolución bolchevique y la caída de los zares al norte, se erigió la República Democrática de Georgia (1918–1921). Sin embargo, el joven Estado no tardó en derrumbarse, incapaz de resistir la invasión del Ejército Rojo y convirtiéndose en una república soviética hasta la disolución de la URSS. En 1991, Georgia fue libre de nuevo, tras aprobar en referéndum la independencia del país, un sueño fugaz que rápidamente se transformó en pesadilla, con un golpe de estado que derivaría en una cruel guerra civil. Conflicto que marcaría al país, fracturando el territorio en tres, con dos regiones separatistas bajo control ruso, Abjasia y Osetia del Sur. Tras años de inestabilidad política y violencia, en 2003, la revolución de las rosas irrumpió en el Parlamento de Tiflis, derrocando pacíficamente al gobierno continuista soviético, demandando profundos cambios y una democracia liberal. Mikheil Saakashvili, político astuto, encabezó el movimiento llegando a presidente del país, con promesas de algún día pertenecer a la Unión Europea y a la OTAN.  

El acercamiento de Occidente a su tradicional zona de influencia, como la expansión europea hacia el este de 2004, incomodaba a la Federación rusa. El discurso de Munich en 2007 de Putin marcó un cambio de rumbo en su política exterior, queriendo eliminar la amenaza por la fuerza. Un año después Georgia sufrió las consecuencias con una estrategia que luego han querido emular en Ucrania: el Kremlin mostró a los abjasianos y osetios como minorías prorrusas discriminadas por el Gobierno georgiano, alimentando el enfrentamiento interior y finalmente invadiendo el territorio con una ofensiva relámpago que restableció su dominio. La Unión Europea y Georgia, pese a todo, continuaron fortaleciendo su relación en el marco de la Política Europea de Vecindad (PEV), enviando una Misión de Observación civil, conocida como EUMM Georgia, a las fronteras conflictivas y lanzando en 2009 la Asociación Oriental, junto a otros países como Ucrania o Armenia.

El magnate Bidzina Ivanishvili, hombre más rico del país, fundó el partido Sueño Georgiano en 2012, presentándose en un inicio como europeísta; ganó las elecciones capitalizando ese sentimiento ciudadano y se ha mantenido en el poder hasta la actualidad. Incluso el símbolo del partido es una estrella amarilla sobre fondo azul. No obstante, el partido desde entonces ha cambiado su visión política, dada la dependencia económica de Georgia, y del propio Ivanishvili, hacia Rusia. Comenzó una época de ambigüedad, con momentos de gran acercamiento a Europa, con financiación para reformas, el permiso de visas Schengen en 2017 y la pulsión de su integración en la UE grabada desde 2018 en su constitución, en el artículo 78.

A su vez, la narrativa del Sueño Georgiano mutaba en favor de valores más conservadores con el apoyo de la Iglesia ortodoxa; por ejemplo, con campañas anti LGTBIQ+ mostrando a Occidente como perversa y depravada, en línea con la ideología propagandística rusa. El auge autoritario del partido era claro, coaccionando y encarcelando a la oposición, como al protagonista de la revolución, Saakashvili, tras su exilio en Ucrania, buscando el control de los medios, censurando periodistas independientes y usando la desinformación para ampliar su poder.

La invasión rusa a Ucrania en 2022 fue un punto de inflexión que aumentó la división entre proeuropeos y escépticos. En marzo, días después, Georgia presentó oficialmente su solicitud de adhesión, la cual el Consejo aceptaría, concediendo el estatus de candidato al país transcaucásico en diciembre del año siguiente. Parecía que la dirección volvía a ser Europa, si seguían las condiciones del acuerdo, pero la sombra de la guerra en Ucrania les volvería a alejar del camino. El partido radicalizó su discurso, aprovechando el miedo, acusó a la oposición de estar a merced de una élite oculta, globalista y extranjera que llevaría a Georgia a la guerra de nuevo. La culminación de sus políticas autocráticas fue la imposición en 2024, tras ganar unas elecciones acusadas de fraude, de la ley de «agentes extranjeros”. Comparada con una similar ley rusa, establece que toda organización que reciba más de un 20% de su financiación desde el extranjero deberá ser registrada como agente de influencia extranjera, por tanto, serán sometidas a supervisión y obligadas a compartir información confidencial, pudiendo ser usada como arma contra cualquier posible disidencia. La Unión Europea anunció la suspensión del proceso de adhesión como resultado de la legislación.

La mayoría de la sociedad civil georgiana, según sondeos hasta un 85% aproximadamente, ansía la entrada en la Unión Europea. Para ellos representa un futuro próspero y libre, como antaño hicieron Polonia, la República Checa… Las continuas protestas ante el edificio amarillo del Parlamento por la regresión democrática y el distanciamiento de su gobierno han intentado ser sofocadas con brutal violencia policial, pero ni los golpes o el gas lacrimógeno hacen olvidar su sueño europeo al pueblo georgiano. La presión social se debe traducir en un movimiento político que haga frente al partido gobernante, desgarrando su tejido represivo de forma democrática, demostrando a la UE por fin que debe ser un miembro. En marzo de 2026 nueve partidos de la oposición han creado una alianza para derrocar al Sueño Georgiano. Es un gran avance, pero la ausencia de dos de los partidos con mayor representación parlamentaria, Lelo y Para Georgia, todavía denota una fragmentación en la resistencia.  Ha sonado la alarma demasiadas veces y deben despertar.

Una nación con una cultura milenaria, entre dos continentes, Asia y Europa, dos creencias, musulmana y cristiana, dos modelos políticos, dictadura y democracia. En el medio perpetuo. Georgia ha escogido el proyecto en el que desarrollar su futuro, la Unión Europea. Y Europa no puede abandonarla.

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