Sí, hay futuro Ramón Jáuregui Atondo. Eurodiputado

Sí, claro que sí hay futuro para Europa y es un futuro que sigue construyendo, poco a poco y superando mil dificultades, este bello edificio de Unión de la diversidad, de superación nacionalista, de paz y de progreso, de Estado social y democrático, de cohesión social y derechos humanos.

Sí, hay futuro para Europa porque no hay otra manera de afrontar el siglo XXI de la globalización y la disrupción digital, que estando unidos en una gran organización política supranacional capaz de defender nuestros intereses, nuestra moneda, valores, nuestro modelo social, nuestra economía… tantas cosas, en un mundo económicamente muy competitivo, en un contexto geopolítico hostil y en un incierto y cambiante espacio tecnológico.

Sí, hay futuro para Europa porque así lo queremos los europeos que desde hace setenta años venimos mostrando nuestra adhesión a este ideal de unidad supranacional con muy amplias mayorías sociales y democráticas. Todavía este mismo año pasado, después de la larga noche de la crisis 2008 -2015, el Eurobarómetro mostraba este respaldo, el resultado más elevado desde 1983: el 62 % de los encuestados consideraba que la pertenencia a la UE de sus países es positiva y el 68 % cree que su país se ha beneficiado de su pertenencia a la UE.

Contra tanto derrotista, contra tanto pesimismo histórico y contra tanto alarmismo por las corrientes populistas, debemos afirmar con contundencia nuestra fe en Europa. Somos más, muchos más y en el próximo Parlamento también seremos muchos más los europeístas y seguiremos haciendo Europa, a pesar de todo y de tantos.

Es verdad que para avanzar tenemos que hacer más cosas y hacerlas mejor. El Informe sobre el futuro de Europa que aprobará el Parlamento Europeo el próximo mes de febrero y del que he sido Ponente, puede titularse así: “Hacer mejor lo que sólo podemos hacer juntos “. Esta es la filosofía o el desiderátum de todo un conjunto de recomendaciones y propuestas para hacer Europa en los próximos años.

Dicho de otra manera, todos los países coincidimos en que Europa necesita ser una potencia en el mundo y eso reclama una política exterior común y un sistema defensivo propio que no tenemos. Todos coinciden en que el fenómeno migratorio es global y de largo plazo y que solo juntos debemos y podemos afrontarlo con éxito. Todos sabemos que la seguridad interior contra el terrorismo nos obliga a coordinar nuestros sistemas nacionales de seguridad y a crear unidades europeas de información. No hay duda de que el Mercado Único nos exige constantes cesiones de soberanía nacional para evitar competencias desleales y distorsiones indeseadas de nuestro mercado. Que solo negociando en nombre de 500 millones de consumidores podremos obtener buenos acuerdos comerciales con el resto del mundo. Así podríamos seguir diciendo de la tecnología, del cambio climático y de tantas cosas importantes que son presente y futuro en nuestras vidas.

Avanzar en todos estos campos reclamará reformas importantes en nuestra arquitectura institucional. Especialmente en lo que se refiere a la gobernanza económica y monetaria del Euro en dónde nos jugamos el ser o no ser del futuro de la Unión si una nueva crisis económica internacional se produjera en los próximos años. Pero no es la única urgencia. Desarrollar el Pilar Social y devolverle a la Unión los valores de la cohesión, la solidaridad y la dignidad sociolaboral, es también muy importante. Como lo será hacer algunas reformas en el funcionamiento de las instituciones para devolver a la Comisión el protagonismo político y la iniciativa que le ha arrebatado el Consejo Europeo. Como lo será reducir los temas en los que es necesaria la unanimidad para evitar los bloqueos. Como lo será dar más poderes decisorios al Parlamento y recuperar el método comunitario. Como lo será la flexibilización de los mecanismos para iniciar y sostener las mayorías reforzadas y la integración diferenciada.

A lo largo de las primeras décadas de construcción europea del siglo pasado, la paz y el progreso fueron los motores de Europa. Hoy, sesenta años después del Tratado de Roma, el motor de esta Europa a Veintisiete será precisamente la constatación de que sólo juntos podemos afrontar el futuro o de que no hay futuro si nos dividimos porque todos somos demasiado pequeños para afrontarlo.