Macron en la Sorbona Eugenio Nasarre. Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo

Macron no da puntadas sin hilo. Eligió la Sorbona para pronunciar su más importante discurso sobre Europa. Cualquier persona culta sabe el fundamental papel que desempeñaron las Universidades para construir el “alma europea”. Aquella primera generación de Universidades, una de las más fecundas invenciones de la Cristiandad medieval, tenía una auténtica dimensión europea: profesores y alumnos procedentes de las distintas “naciones” que iban conformando Europa circulaban por ellas. Hablar de Europa en la Sorbona tiene mucho sentido. Macron recalcó que somos “los herederos” de una larga historia. Europa es una idea y una realidad histórica y ello constituye los cimientos de nuestra identidad.

Macron ha olfateado los vientos de la historia. Se ha encontrado con el hecho del Brexit. Gran Bretaña renuncia a participar en el proyecto europeo, lo que tiene unas consecuencias decisivas para el porvenir de la construcción europea. Macron ha intuido que todo proceso en marcha necesita una locomotora, un liderazgo. Y ha llegado a la conclusión de que es el momento de Francia. Las circunstancias han hecho que Francia sea ahora la única potencia europea con armas de disuasión nuclear, la única que tiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Estos dos datos relevantes los compartía con Gran Bretaña. El abandono británico hace que Francia asuma una redoblada responsabilidad. Robert Schuman lo vio con claridad, cuando en los albores del proyecto europeo Gran Bretaña se echaba para atrás. Y a Schuman esa “soledad” francesa, que tenía que tejer la reconciliación con Alemania, le producía angustia.

Macron sabía que tras el Brexit a Francia se le presentaba un dilema: o el retraimiento o el liderazgo. Macron ha optado por lo segundo con gran determinación, sin dudas ni cautelas. Así planteó su campaña electoral y así lo ha reafirmado en La Sorbona. Pero, al mismo tiempo, sabe que Francia, aun contando con las dos bazas a las que he aludido anteriormente, no está en condiciones de ejercer el liderazgo “en soledad”. De ahí que en el discurso de La Soborna tenga un lugar importante el eje franco-alemán, al que el Presidente francés quiere dotar del máximo vigor, planteando incluso una renovación del “Pacto del Elíseo”. El eje franco-alemán está llamado a ser el motor de la construcción europea en la fase en que nos encontramos. Es algo así como un préalable para todo el programa que propone impulsar. Si el eje franco-alemán no funcionara todo sería mucho más difícil, si no imposible. Pero Macron cuenta con la actitud europeísta de Angela Merkel, de la que ha dado sobradas muestras a lo largo del último decenio. Y, aunque sea de pasada, me importa decir que no hemos ponderado suficientemente la coherencia pro europea de Merkel en los años de la crisis. Lo ha hecho con tenacidad y prudencia, apoyando medidas que a veces no halagaban a la opinión pública alemana, pero sabiendo, como debe hacer cualquier líder democrático, que tampoco podía distanciarse demasiado de las preocupaciones y sentimientos de sus compatriotas.

Pero, ¿qué es lo que ha dicho Macron a los franceses y al resto de europeos? ¿Por qué su importancia? La importancia descansa en que Macron es consciente de que, tras los últimos avatares y los formidables cambios en el mundo en los tres lustros de este siglo, Europa necesita un “nuevo discurso, “un nuevo relato”, por utilizar esta expresión en boga. Y así, en La Sorbona no se limita a hacer una ambiciosa batería de propuestas, cuya lectura resulta casi apabullante, casi excesiva. Lo esencial del discurso de La Sorbona es que en él hay un “relato” coherente, lleno de lógica y de realismo; en suma, convincente.

¿En qué consiste? Primero, en diagnosticar el problema que tiene Europa. Contesta con enorme claridad: “La Europa que conocemos es demasiado débil”. El mal de Europa es su debilidad para afrontar tanto los problemas internos como los desafíos que la nueva escena internacional nos presenta. Porque ya nadie puede sostener, salvo que esté aquejado de una idiocia incurable, que vivimos en el mundo idílico de los años noventa, tras la caída del muro de Berlín. El mundo ha cambiado, sí; han surgido nuevos potentes actores y han emergido nuevas amenazas. La respuesta de Macron es igualmente clara: “Sólo Europa puede asegurarnos una soberanía real”.

El Presidente de Francia ha tenido la audacia de aplicar el concepto de soberanía a Europa. Y remacha: “Hay una soberanía europea por construir y hay la necesidad de construirla”. Esta es la clave de su mensaje y de su propuesta. Evidentemente usa el término soberanía en su sentido más real: es la capacidad de ser verdaderamente independiente, de influir en el mundo, de no estar a merced de otros. ¿Y para qué y por qué la necesidad de esta “soberanía europea”? “Porque nos corresponde defender nuestros valores a nosotros mismos”.

Esta afirmación contiene dos elementos que hay que subrayar. El primero es una reivindicación de la “Europa de los valores”. El proyecto europeo fue impulsado por los padres fundadores en torno a unos valores (la dignidad humana, las libertades, la democracia, la igualdad, la solidaridad, la paz, el imperio de la ley) que, aunque tienen alcance universal, han logrado un específico y elevado grado de realización en la Unión Europea. En torno a estos valores se desenvuelve el “modo de vida” de los europeos. Tomados en su conjunto ninguno de los principales actores de la escena mundial los ha plasmado a la realidad con una impronta semejante a la europea. Estados Unidos tiene un modelo socioeconómico con rasgos diferentes del “modelo social europeo”. Otros actores tienen carencias importantes en algunos de ellos (democracia, derechos humanos, igualdad). Nuestros Tratados han “constitucionalizado” estos valores, que forman el “consenso básico” de la Unión Europea. Como ocurre con cualquier valor, viven en una tensión entre realidad (imperfecta) e ideal (la meta que se debe procurar alcanzar). Macron afirma que los enemigos (internos) de estos valores tienen nombre. Se llaman “nacionalismo, identitarismo, proteccionismo, soberanismo de repliegue”.

Pero hay un segundo elemento en la afirmación de Macron, en el que también conviene detenerse: esos valores nos corresponde ahora defenderlos a nosotros mismos. Se trata de una relativa novedad. En efecto, durante la guerra fría Europa vivió bajo el paraguas de Estados Unidos y de la OTAN. Y desatendió la tarea de protegerse a sí misma. Las circunstancias han cambiado radicalmente. Trump ha modificado la tradicional relación de los Estados Unidos con Europa y ha dejado claro que no quiere seguir siendo el “socio protector”, en cuyas espaldas ha descansado la defensa europea. Y probablemente aquellos tiempos ya no volverán.

Por lo tanto, para Macron la tarea en la que hay que concentrarse es “cómo hacer una Europa fuerte”, es decir, con capacidad para defender nuestros valores (tanto en el interior como en el exterior) y ser una voz influyente en el mundo. El programa de “fortalecimiento de Europa” pivota en dos pilares fundamentales.

El primero es la defensa. Resulta curioso que el Presidente del país que hizo fracasar el primer intento de construir la “Europa de la Defensa” se convierta ahora en un decidido impulsor de la misma. Pero la razón de esta nueva orientación francesa es la coherencia con la visión de Macron sobre la necesidad de construir la “soberanía europea”. Sin defensa europea, el concepto de soberanía europea es un flatus vocis. Estamos en presencia de un auténtico giro copernicano. Porque lo que Macron reclama es que la Unión Europea asuma, aunque sea parcialmente, una de las funciones medulares del Estado: la función protectora, lo que Roosevelt había llamado, en su famoso discurso de “las cuatro libertades”, la protección de la “libertad frente al terror”. Hasta ahora los Estados de la Unión Europea habían sido extremadamente celosos de mantener esta tarea como propia y sólo se habían logrado cooperaciones en este ámbito de carácter muy limitado. Pero el paso que quiere dar Macron obedece a un hecho aplastante: ningún Estado europeo es capaz por sí mismo de proteger la seguridad de sus ciudadanos. De esta convicción debe nacer y desarrollarse sin demora la “Europa de la seguridad y de la defensa”. La batería de presupuestas que contiene su discurso es muy ambiciosa. Todas ellas son coherentes con el propósito enunciado. Y responden a una concepción integral de la seguridad. Incluyen, por ejemplo, iniciativas tan interesantes como la creación de una Fiscalía europea contra el crimen organizado o la de una Fuerza europea de protección civil.

El segundo pilar es la moneda. Sólo una moneda fuerte nos hace ser independientes. La experiencia de la crisis nos ha hecho ver las carencias y debilidades de la unión monetaria. Pero la creación de una zona monetaria óptima exige muchas reformas, que desbordan los aspectos estrictamente monetarios. Y algunas de estas reformas tienen una verdadera dimensión social, que resulta ineludible para lograr la exigible convergencia entre los partícipes en la zona euro. Porque una “moneda fuerte” no es más que la expresión de una economía fuerte, capaz de crear dinámicas creadoras de empleo y de estar en condiciones de competir en mercados abiertos. Pero lo importante aquí es subrayar que todas las reformas implican un imprescindible incremento de los poderes comunes de la Unión: en materia presupuestaria, en materia fiscal, en materia de armonización de los factores de producción. En suma, la “moneda fuerte” nos exige ser más federales de lo que ya somos en materia económica.

Macron es consciente de que sus ideas afectan a elementos muy sensibles de lo que hasta ahora residen en la soberanía de los Estados. De ahí que sea previsible que se produzcan resistencias. Ante tal eventualidad defiende que “la idea de que quien quiere lo menos puede bloquear a los demás es una herejía”. Ya no puede ser una regla de funcionamiento de la Unión. Y, por ello, aboga sin complejos por la necesidad en estos momentos de una “Europa de distintas velocidades”. Con realismo cree que es la única manera de avanzar y de transformar la realidad de la Unión. Europa necesita hoy una locomotora abierta a todos aquellos Estados que quieran incorporarse a las iniciativas que hay que poner en marcha.

Para que sus ideas y propuestas no queden en el vacío Macron traza un proyecto de calendario, que tiene dos fases. Una primera, que podríamos llamar de preparación y de poner las primeras piedras, que abarcaría hasta el fin de la presente legislatura (2019), que coincide también con la salida real de Gran Bretaña de la Unión Europea. Y una segunda en la legislatura 2019-24, en la que tendría lugar la auténtica “transformación europea”, cinco años que serían cruciales para lograr esa soberanía europea, que preconiza Macron.

Todo ello nos hace ver que las próximas elecciones europeas del 19 van a ser extraordinariamente importantes. Va a producirse una confrontación de fondo entre los europeístas y los enemigos de Europa. En ese combate no se podrá prescindir de las ideas trazadas por Macron con tanta brillantez como ambición en La Sorbona.