Felix Pons: un ejemplo de dignidad, honradez y servicio al bien común Eugenio Nasarre. Presidente del CFEME

Palabras pronunciadas por Eugenio Nasarre, Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, en el homenaje, celebrado en Palma de Mallorca el pasado 23 de febrero, a D. Félix Pons Marqués, político democristiano y europeísta, que trabajó por el restablecimiento de la democracia en España y su incorporación al proyecto de integración europea.

Cuando el embajador Pons se presentó inopinadamente una mañana de las pasadas navideñas en la pequeña oficina en la que el Movimiento Europeo de España tiene su sede en Madrid, calle Gran Vía, y en la que con toda probabilidad estuvo alguna vez su padre, aunque no tengamos documentos que lo atestigüen, y me contó el acto que se estaba preparando en recuerdo de D. Félix, me llevé una gran alegría y le agradecí mucho que me invitara a participar en él. Digo que D. Félix Pons tuvo que estar alguna vez en el local de la Gran Vía madrileña, porque –lo que resulta algo casi insólito- esa oficina ha sido ininterrumpidamente desde mediados de los años cincuenta el lugar de encuentro de los europeístas españoles. Al principio, y mientras duró la dictadura franquista, como sede de una asociación “pantalla”, la Asociación Española de Cooperación Europea, y, a partir de nuestra democracia, ya como sede del Movimiento Europeo de España. Una placa, que los viandantes de la Gran Vía pueden ver, recuerda que allí se fraguó en tiempos difíciles el europeísmo español.

Mi alegría tenía una razón muy clara. Porque considero bueno y propio de una sociedad decente el recuerdo de personas que han luchado, con sacrificios y renuncias, por causas nobles y justas y han sido ejemplo de dignidad, honradez y servicio al bien común. D. Félix Pons poseía estas cualidades en grado sumo.

Y mi agradecimiento obedece a que me une a D. Félix Pons una doble afinidad: el europeísmo y el pertenecer a la misma estirpe política, la de los democristianos. La verdad es que hablar de doble afinidad en este caso es casi una redundancia, porque la condición de europeísta y de democristiano es sencillamente inseparable, como la historia ha demostrado.

En cuanto a la condición democristiana, esta afinidad se acentúa, porque uno y otro, aunque por distintas razones, la hemos tenido que ejercer in partibus infidelium. El, como los democristianos de su generación, por razón de espacio: cuando en Europa la democracia cristiana era una fuerza política floreciente (baste pensar que el Tratado de la CECA fue firmado por gobiernos de los 6 países, todos formados por democristianos), en España vivía en el ostracismo, combatida en un régimen que negaba las libertades y el pluralismo; los de mi generación, en cambio, por razón de tiempo: por vicisitudes históricas complejas, en las que no cabe entrar en estos momentos, es una opción política que en la mayoría de Europa se ha ido diluyendo y ha pasado a integrarse en plataformas más amplias.

Los democristianos de la generación de Félix Pons, que vivieron y sufrieron la guerra y los también duros años de la postguerra, eran un puñado de españoles -no muchos, la verdad- de convicciones religiosas profundas, que rechazaban, sin embargo, la concepción del “nacionalcatolicismo”, uno de los substratos ideológicos del régimen de Franco, y que se identificaron con las ideas que defendían los partidos de esa denominación que en otras naciones europeas habían contribuido decisivamente a la reconstrucción de sus democracias en unos países devastados en la segunda guerra mundial. Esos partidos, cuyas figuras emblemáticas eran De Gasperi, Adenauer, Bidault o Robert Schuman, habían sido actores principales en la difícil tarea de edificar unos sistemas de convivencia, basados en las democracias pluralistas, la defensa de las libertades, el imperio del derecho, la economía social de mercado y, sobre todo, la reconciliación de unas sociedades profundamente escindidas y heridas por los estragos de los totalitarismos. Y, además, habían tenido la intuición histórica, junto con otras corrientes políticas, de que, para preservar la paz en el continente, había que embarcarse en el sugestivo proyecto histórico de la integración europea, el de una Europa política con un horizonte federal, como ya figuraba en la célebre Declaración Schuman del 9 de mayo de 1950. La superación del dogma de la soberanía de los Estados, que había defendido con calor el más influyente pensador católico de aquel momento, Jacques Maritain, impulsó a aquellos políticos a la creación de instituciones supranacionales en los primeros edificios de la construcción europea, la CECA y el Mercado Común, que implicaba cesiones parciales de soberanía por parte de los Estados y el abandono del modelo de cooperación meramente intergubernamental. Era un cambio fundamental en la historia europea, que defendieron con vigor los “padres fundadores”, a pesar de que todavía buena parte de las opiniones públicas d sus países eran reticentes e incluso adversarios en aquel clima de la guerra fría. El europeísmo siempre ha tenido adversarios, como los tiene ahora, porque los nacionalismos excluyentes, y sus compañeros de viaje, los populismos, se resisten a aceptar en su significado más profundo el “bien común europeo”.

En la España de los años cincuenta, todavía inmersa en el asfixiante régimen autoritario, asentado como el régimen “de los vencedores”, el mundo democristiano se fue aglutinando en torno a dos figuras, que habían tenido un destacado protagonismo en la segunda república, ambas de la CEDA, el partido que representó a las derechas católicas: Gil Robles y Giménez Fernández, que fue ministro de Agricultura en los gobiernos de Lerroux y vicepresidente del Congreso hasta el comienzo de la guerra civil.

Gil Robles, que había regresado a España en 1953, fue reconstruyendo un núcleo de seguidores procedentes de la antigua CEDA. Pero otro sector se agrupó en torno a D. Manuel Giménez Fernández hacia mediados de los años 50, y en el año 1959 adoptó el nombre de Izquierda Demócrata Cristiana, inspirado, sin duda, en el modelo de partido configurado en corrientes con que funcionaba la Democracia Cristiana italiana, y, por tanto, con el propósito de formar un grupo, que podría ser el ala izquierda de una futura democracia cristiana. Lo que distinguía al grupo liderado por D. Manuel era, además de propugnar una democracia parlamentaria, con el reconocimiento de las libertades basadas en la dignidad humana, el imperio de la ley, era una profunda preocupación por la justicia social, en una España en la que las condiciones sociales les resultaban inaceptables, lo que exigía profundas reformas de carácter social. Ese fue el tenor de todos los documentos que fueron elaborando.

D. Félix Pons se integró en el grupo presidido por D. Manuel Giménez Fernández y en su seno llevó a cabo la actividad política que desarrolló hasta su prematura muerte.

Dos son los hechos relevantes en los que participó D. Félix Pons, que quisiera mencionar muy brevemente. El primero fue su participación en la reunión que en septiembre de 1959 se celebró en Bayona entre la IDC y el PSOE para estudiar las bases de posibles acuerdos con la finalidad de una acción conjunta por la instauración de la democracia en España. Formaban parte de la delegación de la IDC Jaime Cortezo, Jesús Barros de Lis, Félix Pons y Joan Casals. Y por parte socialista Rodolfo Llopis, secretario general del PSOE, y Pascual Tomás, secretario general de la UGT. Aquella fue una iniciativa pionera, que significaba la superación del esquema de los dos bandos de la guerra civil y, además, una colaboración de la “España en el exilio” y la que trabajaba en el interior. Lo concibieron como un primer paso para constituir una plataforma más amplia, que pudiera aglutinar a las corrientes democráticas que se enfrentaban a la dictadura. Este propósito cuajó en la constitución en 1961 de lo que entonces se llamó Unión de Fuerzas Democráticas, a la que se sumaron otros grupos de la oposición democrática al franquismo, pero con ausencias significativas. Aunque la iniciativa fue languideciendo en los años sesenta, constituyó el primer intento serio de preparar las condiciones políticas para el tránsito a la democracia.

El segundo hecho fue la participación de D. Félix Pons en el que ha pasado a llamarse el “contubernio de Munich”. El hecho es suficientemente conocido y no es necesario que me extienda en él. Precisamente hace tres años pudimos, a iniciativa del Movimiento Europeo, celebrar su cincuentenario con una solemne sesión en el Congreso de los Diputados y una declaración institucional de la Comisión Mixta para la Unión Europea suscrita con la unanimidad de todos los grupos parlamentarios. La reunión de Munich, celebrada los día 6 y 7 de junio de 1962, en el marco del IV Congreso del Movimiento Europeo, fue el primer acto público desde la guerra civil que congregaba a un significativo y relevante número de personas (fueron 118 las personas, del interior y del exilio, las que se reunieron en Munich) representativas de todas las corrientes democráticas que configuraban el pluralismo político europeo (liberales, democristianos, socialdemócratas, socialistas, monárquicos y republicanos así como los nacionalismos vasco y catalán). Y se congregaron para proclamar tres cosas: que, como dijo Salvador de Madariaga en su emotivo discurso, la guerra civil había terminado por la reconciliación de los españoles que estaban allí, procedentes de los dos bandos que se enfrentaron; que esa reconciliación era la base para instaurar un sistema democrático de libertades en una España en la que se garantizara el pluralismo; y que la vocación de España era incorporarse al proyecto de integración europea. En el Congreso de Munich quedaron pergeñados los rasgos básicos de lo que, quince años más tarde, fue la obra de la Transición. Aunque algunos no lo pudieron ver, como D. Félix Pons, el “espíritu de Munich” se fue abriendo paso y se plasmó en el proceso constituyente que dio vida a nuestra Constitución de 1978.

El régimen de Franco reaccionó con enorme virulencia. Suspendió parcialmente el Fuero de los Españoles y desencadenó una feroz campaña denigratoria contra los asistentes al Congreso de Munich, que tuvieron que elegir entre el exilio o el confinamiento. D. Félix Pons fue confinado, junto con Joan Casals, en Lanzarote, donde permanecieron hasta las navidades de aquel año. Franco había comprendido la importancia del significado histórico de aquel encuentro y actuó implacablemente, para conservar su poder dictatorial en una España que empezaba a cambiar y a alejarse de los planteamientos de la guerra civil.

Pero dentro de este “espíritu de Munich y de la Transición”, querría destacar un rasgo, que me parece especialmente pertinente en los momentos políticos que vive España. Se trata de la identificación de nuestra democracia, como proyecto político de concordia y de creación de una sociedad abierta, justa y solidaria, con el proyecto de integración europea. Fue éste uno de los elementos que contribuyó al consenso político fundacional de nuestra democracia. Este año vamos a conmemorar precisamente el treinta aniversario de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas, celebrada solemnemente en el Palacio Real el 13 de junio de 1985. Lo repito siempre que puedo: nuestra democracia está íntimamente vinculada al proyecto de integración europea. No puede entenderse sin esta vinculación, de modo que su fortalecimiento nos fortalece. A España le conviene el fortalecimiento y el éxito del proyecto europeo. Todavía debemos hacer nuestras aquellas palabras de Adenauer en 1948: “Ha llegado una nueva esperanza, la de la unión europea, la de los Estados Unidos de Europa”.

España se propuso llevar a cabo una decisión histórica que acabó con dos siglos de aislamiento en el escenario europeo. Y este espíritu, del que D. Félix Pons, con otros españoles, fue pionero, lo debemos mantener y fortalecer.

Yo me incorporé en el año 1966, en el paso del ecuador de mis estudios universitarios, a las Juventudes Democristianas, que había promovido el grupo de Giménez Fernández. No tuve ocasión de conocer personalmente a D. Félix en los cuatro años que compartimos militancia. Sí la tuve, dos veces, de conversar con D. Manuel Giménez Fernández, sobre todo una en Chipiona, donde D. Manuel tenía una casa en la que veraneaba, en la que nos dedicó a los cuatro jóvenes que fuimos a verle una larga tarde, en una terraza en la que se vislumbraba el mar. Allí D. Manuel, que murió dos años antes de que D. Félix, nos hizo grandes elogios del “grupo mallorquín”, que lideraba D. Félix Pons, que formaba parte del Consejo Político del partido. Pons era sumamente respetado y admirado por su coherencia, generosidad y buen criterio. Aquellos hombres, entre los que me formé, observaron los rasgos más nobles de la política. En circunstancias adversas defendieron sus ideas, lucharon por el cambio que necesitaba España para incorporarse a las naciones democráticas de Europa, sacrificaron legítimas expectativas personales para servir a lo que ellos creían que era el bien de España. El rostro más noble de la política se encuentra en personas como D. Félix Pons.

Por estas razones agradezco al Colegio de Abogados esta iniciativa, a la que me sumo con calor. Nuestra democracia, la de la Constitución de 1978, que tenemos que preservar y mejorar, debe mucho a sus precursores, como D. Félix Pons. Y es justo que lo reconozcamos.