Cuadernos para el Diálogo y Europa

Dentro de los años 60 del pasado siglo tuvieron lugar dos acontecimientos señeros que, de algún modo, iluminaron el oscuro foso de la Dictadura franquista.

Del Contubernio de Munich (junio 1962) se ha hecho cumplida referencia en este digital, y los pocos supervivientes de entre quienes habíamos participado, tuvimos ocasión el año pasado de agradecer a las autoridades y a la sociedad española en general, los actos conmemorativos del 50 Aniversario.

Año y meses después, octubre del 63, aparece el primer número de “Cuadernos para el Diálogo”, animado por aquel gran demócrata – desengañado del Régimen -, Joaquín Ruiz-Giménez Cortés.

Sé que la solicitud de publicación era muy anterior, la negativa gubernamental continuada, pero quizá haya que congratularse que la distancia entre ambos episodios librase al segundo de tener que someterse a los dicterios de la censura respecto del primero, no ya sólo en el sentido de prohibir, sino el ordenancista de insultar, tal cómo hicieron la unanimidad de los medios frente a nosotros, “contubernistas”.

Cierto es que nunca “Cuadernos” se habría prestado a ello, y de su entereza frente a desmanes del Régimen dan cumplida muestra artículos y sueltos respecto la expulsión de Catedráticos, Grimau, Ruano, Consejo de Burgos, proceso 1.001, fusilamientos del 75, etc.; eso sí, ocasionado multas, secuestros de números, de entre los cuáles no deja de ser grotesco el tan tardío ¡en 1976! con motivo de artículos , uno de Rafael Arias-Salgado y otro mío, en el que propugnaba yo, tímidamente, la “ruptura pactada”.

Estos días hemos celebrado, como no podía ser menos, el 50 Aniversario de “Cuadernos”, y ha tenido especial relevancia el acto organizado por la UNED, con su Rector Juan Gimeno al frente, y la fecunda colaboración de Óscar Alzaga, Genoveva García Queipo de Llano, Elías Díez y otros.

Muy sucintamente recojo aquí un punto al que aludí en mi intervención oral: la íntima conexión de “Cuadernos” con el Movimiento Europeísta y los sectores que asentábamos la exigencia de Democracia para poder integrarnos y, a su vez, la integración de España en Europa como vía para la democratización total de nuestro país.

Ya en el primer número de “Cuadernos”, el editorial de arranque “Razón de Ser” deja bien  sentado que “España (es) pedazo vivo de Europa”.

Pero es en su número 19 (1965) dónde, bajo el título genérico de “Integración europea y soberanía estatal”, el Consejo de Redacción vuelca sus reflexiones y afán hacia la construcción democrática europea.

De éste y otros textos afines, destacaría yo tres enfoques.

El primero, el rechazo al pretexto de presuntas soberanías nacionales que puedan dificultar el esfuerzo supranacional.

(Me viene a la mente hoy que cuando todavía un Tribunal Constitucional radicado en Karlsruhe se plantea decapitar al Banco Central Europeo por los perjuicios que la política monetaria de éste puedan ocasionar a los contribuyentes alemanes, es que esos valladares, presuntamente soberanos, siguen ofreciendo inconsistentes resistencias).

Como segundo enfoque, el personalista tan propio de la Revista, y del entronque ideológico mouneriano en Ruiz-Giménez, lleva a aseverarque, al regularse la construcción europea, hay que “enjuiciar en términos personales los problemas y las categorías políticas”. Esto es, resulta falso e inútil todo proceso de construcción supranacional que se desentienda de la gente, de  hombres y  mujeres en concreto.

Vemos pues, que “Cuadernos” se adelanta 9 años a la Europa de los Ciudadanos del Informe Tindemans, y 20 al ulterior Adonnino y su plasmación en el Tratado de Maastrich, donde desemboca la exigencia española de regular la Ciudadanía Europea.

Y como tercer y último enfoque, la visión planetaria que “Cuadernos” da a todo proceso político unionista, por supuesto, el europeo. El objetivo, diáfanamente expuesto, consta en el primer editorial citado: “Nos mueve (…) un común afán de construir un mundo más libre, más solidario y más justo”.

Esta visión es permanente en todas las ediciones de “Cuadernos”, y cuando a ella inordina la concreta construcción política europea, hace de ésta no un fin en sí mismo, sino una rampa de lanzamiento hacia el ineludible objetivo – si no queremos sucumbir –de una incipiente unión democrática mundial.

Porque, como vio en su día Edgard Morin, tal visión planetaria no nos es extraña “desde el momento en que el Planeta está ya en nosotros”.