Árboles nacionales en el bosque europeo Rosa Massagué. Periodista

Hace unas semanas, hablando del monotema catalán con una amiga intentaba explicarle que una de las muchas razones por las que la Unión Europea (UE) no reconocería una independencia de Catalunya (o de Escocia o de cualquier otra región o nacionalidad con mayor o menor autonomía) sería la oposición de los demás Estados, principalmente los de Europa central y del Este, que tienen minorías muy numerosas dentro de sus propias fronteras.

Pasados unos instantes de incredulidad, su respuesta fue: “Bueno, pero nosotros tenemos el proceso muy avanzado y en cambio ellos todavía no”.

El uso del adverbio “todavía” me dejó pasmada. La visión de una Unión formada no por los 28 Estados de ahora, o los 30 o 35 que pueda haber en un futuro poco próximo, sino por doscientos o más una vez todas las regiones y minorías hubieran avanzado en su “proceso”, es decir se hubieran independizado, era más bien una alucinación.

No se puede negar el sentido de equidad de la amiga –si es bueno para mí, también debe serlo para los demás–, pero esta no es la cuestión. Lo que destilaban sus palabras era mucha ilusión, el convencimiento de que Europa nos espera (al menos a los catalanes) con los brazos abiertos, el desconocimiento de qué es y cómo funciona la UE (siempre mejorable), y el rechazo a ver más allá de nuestras fronteras, las nacionales más desdibujadas cada día gracias precisamente a la Unión, y las europeas.

La idea de una Europa que responda a las nacionalidades no nace con el referéndum escocés ni con el llamado proceso catalán. El líder nacionalista vasco Xabier Arzallus, por ejemplo, ya anunciaba hace un montón de años la superación de los marcos estatales que desembocaría en una Europa de las regiones o de los pueblos y lo situaba en un horizonte a medio plazo que ya debería estar al caer. Esta es la aspiración de muchos partidos nacionalistas subestatales que ven en aquella hipotética estructura europea la superación de las relaciones conflictuales con el Estado del que forman parte.

Sin embargo, la Unión sigue siendo la unión de unos Estados y, al margen de experiencias como la partición pactada de Checoslovaquia que dio lugar a la creación de la República Checa y de Eslovaquia ocurrida antes de su ingreso en la UE, ningún Estado contempla una secesión de una parte de su territorio. Menos todavía, la fragmentación por la violencia como ocurrió con Yugoslavia dando lugar al nacimiento de seis nuevos países.

Ello no quiere decir que los componentes de la Unión tengan que ser estados homogéneos. Los que se fraguaron en el siglo XIX formados por la suma de varias naciones y territorios son un buen ejemplo. Ahí están Alemania, con su estructura de estados federados, o Italia, con sus autonomías regionales de varios tipos (lo de la inexistente Padania, promovida por la xenófoba Liga Norte, es un desvarío que no responde a una realidad histórica).

Geografía humana

Este año conmemoramos el centenario del inicio de la primera guerra mundial y el 70º aniversario del fin de la segunda. De aquellos conflictos nacieron nuevos Estados y nuevas fronteras que alteraron la geografía humana. Un caso relevante es, por ejemplo, el de Hungría que perdió más del 70 % de su territorio en la primera contienda y lo perdió a favor de Checoslovaquia, Yugoslavia y, principalmente, Rumania que incorporó gran parte de Transilvania. Son minorías que han conservado su identidad y no han perdido el uso de la lengua propia aunque casi siempre lo han hecho con grandes dificultades dada el escaso interés o la nula voluntad de las autoridades.

Hoy encontramos una minoría italiana en Croacia; una polaca en la República Checa o Lituania; una húngara en Rumanía, Eslovaquia y Ucrania; una tirolesa en Italia; una sueca en Finlandia, y una danesa en Alemania y viceversa, por poner solo algunos ejemplos. Algunas de estas minorías son realmente muy pequeñas, como la de los sorbios en el este de Alemania, en los estados de Brandeburgo y Sajonia (70.000 personas), pero otras son muy numerosas como los húngaros de Rumanía que suman 1.220.000 personas y constituyen el 6,5% de la población del país, o los tiroleses de la región autónoma italiana del Trentino-Alto Adigio (más de medio millón de habitantes).

Ante esta realidad y en palabras del profesor Cesáreo Rodríguez-Aguilera, “la Europa de las regiones es antes un eslogan que un programa viable entendido como alternativa a los Estados: lo que existirá es una Europa con las regiones que ya se han ganado su espacio”. Las antes llamadas Comunidades Europeas habían ignorado a las regiones y no fue hasta el Acta Única (1986) y el Tratado de la Unión (1993) que se las consideró un nuevo elemento dentro del entramado comunitario. Para darles un papel y un lugar se creó el Comité de las Regiones. Desde entonces las entidades que han ganado su espacio han sido grandes receptoras de fondos y programas europeos destinados a su especificidad.

Cuando se habla de la oposición a la entrada en la UE de naciones donde una parte de la población aspira a la independencia, como es el caso de Catalunya o  Escocia, se cita en primer lugar a Francia, un país centralista y centralizado donde los haya, como el mayor freno, pero en Bruselas y Estrasburgo saben que un impedimento tan grande o mayor que el que presentaría París (o Londres o Bonn o Roma o…) son precisamente aquellos países de Europa central y del este, países que en muchos casos apenas han resuelto el estatus de sus regiones y minorías.

Distracciones

Confiar en que la recién estrenada nueva Comisión Europea mueva, aunque sea unos milímetros, la doctrina comunitaria para dar cabida a estados nacidos de una secesión es pura ilusión. El pasado abril, cuando todavía era candidato a presidirla, Jean-Claude Juncker decía en unas declaraciones al diario Abc: “A la vista de los grandes desafíos que esperan a Europa este siglo, especialmente en los próximos 50 años, es evidente que no es el momento de dividirse”. Y añadía: “Los que creen que Europa aceptaría, sin más, a una Cataluña independiente, se equivocan profundamente”.

La ensoñación con unos proyectos independentistas y con una Europa de las regiones o de los pueblos es igual a los árboles que no dejan ver el bosque. Y el bosque es un mundo en el que Europa es cada vez más pequeña y, lamentablemente, cuenta menos. La irrupción de los países emergentes y el ya indiscutible poderío económico de China, jibarizan a la Unión. Pero no hace falta ir tan lejos. Tenemos en el patio trasero, en el este de Ucrania, una crisis que va camino de convertirse en un conflicto congelado, y una Rusia con Vladimir Putin capaz de crear más problemas de los que la UE pueda digerir.

Del sur nos llega la amenaza –a veces incubada en barrios de nuestras propias capitales europeas– de un yihadismo violento difícil de combatir. Seguimos sin salir de la crisis económica y nuestra Europa es cada vez más vieja, más intolerante y más insolidaria. Este panorama reclama pocas distracciones y mucha atención al fortalecimiento de la UE para hacer frente a los retos citados y a los que pueden estar agazapados. Desde luego, este fortalecimiento es incompatible con un debate, estéril, sobre una hipotética secesión o fragmentación de los Estados.

Ciertamente, no es el momento de dividirse. En todo caso, ha llegado la hora de reducir el poder decisorio de los Estados mediante una mayor colegialidad y una profundización de la democracia en las instituciones existentes.