30 ANIVERSARIO DEL INGRESO DE ESPAÑA EN LA UE

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Intervención del Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, Eugenio Nasarre, en el acto de conmemoración del trigésimo aniversario del ingreso de España en la Unión Europea, celebrado en el Congreso de los Diputados el 11 de junio de 2015.

En la víspera del trigésimo aniversario de la firma del Tratado de Adhesión de España a las entonces Comunidades Europeas, celebrada solemnemente en el Palacio Real, conmemoramos el que, sin duda me atrevo a calificar como el acontecimiento más importante para la historia de España desde la recuperación de nuestra democracia. Con él culmina la gran obra de la Transición.

Quiero agradecer al Presidente Posada su favorable acogida a la celebración de este acto en la sede de la representación del pueblo español. También a la Vicepresidenta del Gobierno, por haber aceptado participar en él. Y a Manuel Marín, que fue uno de los protagonistas del acontecimiento, cuya conmemoración nos congrega.

El Movimiento Europeo de España está convencido de que el 12 de junio de 1985 es una fecha que merece ser recordada y apreciada por la sociedad española, porque forma parte ya de lo mejor de nuestra historia. Nosotros trataremos de contribuir a ello en los próximos meses en distintos lugares de España.

Hay poderosas razones para sustentar la afirmación que acabo de decir

En primer lugar, con nuestra incorporación al proyecto de construcción europea acaba el prolongado aislamiento de España del concierto europeo por diversas vicisitudes históricas. Esta marginación de España iba contra nuestra propia historia e identidad y nos hacía ser un país ensimismado, extravagante y, de alguna manera, sin rumbo. Por eso el tema europeo es recurrente, y con visiones con frecuencia dolientes, en nuestros mejores pensadores del pasado siglo.

Pues bien, el hecho feliz para España es que aquella situación de aislamiento se superó hace treinta años precisamente al incorporarnos al proyecto más sugestivo y fecundo de la historia contemporánea europea.

Es cierto que nuestra incorporación fue tardía. Y que España no pudo participar desde sus comienzos en la gran aventura de poner las bases y darlos primeros pasos en el camino de la integración europea.

Es justo dedicar algo de nuestro tiempo, y permítanme que lo haga aunque sea muy brevemente, para recordar aquellos difíciles momentos. Y lo voy a hacer simplemente evocando la figura del gran europeísta español Salvador de Madariaga. El formó parte del Comité Internacional por la Unidad de Europa, que convocó, en la inmediata postguerra y en una Europa devastada, el famoso Congreso de La Haya de 1948, en el que, por su gran éxito, se puso en marcha con fuerza el proyecto de superación del modelo de la “Europa de Westfalia”, con el ideal de una unión política de los Estados europeos, edificada con los valores de la dignidad de la persona, de las libertades, de la democracia y del imperio de la ley, para garantizar la paz del continente y no volver a caer en cualquier veleidad totalitaria.

El europeísmo español vivió aquellos tiempos difíciles en el exilio y en el interior con una idea motriz, que se fue fortaleciendo, a medida que avanzaba el proceso de construcción europea: la idea de que la anhelada recuperación de las libertades y de la democracia en España y nuestra integración en la Europa unida formaban parte de un mismo proyecto, inseparable, que era el que mejor convenía a España. Y así como para Europa la reconciliación franco-alemana- era la piedra angular de la construcción europea, también para España la reconciliación de los españoles, mediante la superación de aquellas “dos Españas” enfrentadas, era el presupuesto moral y político al mismo tiempo para lograr una España democrática en el seno de la nueva Europa unida.

Y fue bajo el auspicio del Movimiento Europeo, precisamente, cuando tuvo lugar (Múnich, 1962) la primera reunión pública en la que representantes y destacadas personalidades de todas las fuerzas políticas democráticas sellaron su compromiso de luchar por ese objetivo.

Por eso, no fue nada casual que la integración española en la Europa comunitaria formara parte esencial del consenso que se fraguó en la Transición. Gozó no sólo del amplísimo acuerdo de las fuerzas políticas, lo que no sucedió en otros países europeos, sino también de un general apoyo social y cultural. Podemos decir así que cabalmente fue un proyecto nacional, asumido como tal por el conjunto de la sociedad española.

Y me parece relevante recordar que inmediatamente después de las primeras elecciones democráticas, junio de 1977, y entre sus primeras decisiones, el Gobierno presidido por Adolfo Suárez, con Marcelino Oreja como Ministro de Asuntos Exteriores, solicitó la apertura de las negociaciones con vista a nuestro ingreso en las Comunidades Europeas. Si leemos los debates de aquellas primeras legislaturas, constatamos que el grado de coincidencia en las fuerzas políticas fue prácticamente pleno. El Presidente Calvo-Sotelo, que previamente había sido Ministro de Relaciones con las Comunidades Europeas, prosiguió la tarea.

Las negociaciones duraron ocho años, y quizás nos diga algo de ellas Manuel Marín. El gobierno de Felipe González cogió el testigo y las culminó con éxito con el último impulso de la presidencia italiana. Reconocer ahora la labor desarrollada por el competente equipo negociador, algunos de quienes lo formaron nos acompañan hoy, es de estricta justicia. Y no hablo en plural, pues hubo una ejemplar continuidad a lo largo de todo el complejo proceso negociador.

Como también hay que reconocer el esfuerzo del conjunto de la sociedad española, de sus agentes económicos y sociales, para adaptar nuestras estructuras económicas y sociales a las exigencias del espacio europeo, que es ante todo una comunidad de derecho. Pero fue un esfuerzo que mereció la pena, porque promovió una potente modernización de nuestra vida económica y social. Fue una obra nacional, de la que nos podemos sentirnos legítimamente orgullosos.

España lleva ya treinta años en la Unión Europea. Lo que me interesa subrayar ahora es que el consenso originario no se ha perdido en este ya prolongado período de tiempo y es básico que se mantenga en el futuro. Como en cualquier democracia madura, se ha producido la alternancia y los gobiernos sucesivos han sido fieles al espíritu cuajado en la Transición. Pero, además, creo que es justo añadir que España ha sido un socio leal con la Unión Europea y que ha actuado de modo constante –lo que constituye un rasgo de nuestra trayectoria- creyendo en el proyecto europeo, contribuyendo a sus avances, como en el gran salto dado en Maastricht, o en la fundación de la unión monetaria y en el nacimiento del euro, en el gobierno de Aznar. Y ahora me congratulo porque en las directrices de nuestra estrategia de política exterior hay una visión decididamente europeísta, que contempla trabajar en pos de una Europa unida de carácter federal. Ese debe ser nuestro horizonte y el anclaje de nuestro destino común.

Concluyo, Sr. Presidente.

La crisis ha provocado que nos formulemos, a veces con perplejidad y con incertidumbre, nuevos y viejos interrogantes. Y he oído la pregunta: “Europa, sí, pero ¿qué Europa?”. Permítanme que, con humildad, pero con convicción, les dé mi respuesta. “Esta Europa”, la que diseñaron los “padres fundadores”, la que fue avanzando y progresando con los ideales de la libertad, de la democracia, de la paz, del imperio del Derecho y de la economía social de mercado, y que ha ido creando, con palabras de Schuman “solidaridades de hecho”, que nos han ido descubriendo y afianzando el “bien común europeo”. Es cierto que “esta Europa” está a medio camino, y que de este hecho surgen muchas dificultades y obstáculos, y a veces fracasos parciales. Pero sinceramente no encuentro otra mejor. ¿No pudo “esta Europa” abrazar a los pueblos europeos que, tras la “caída del muro de Berlín” quisieron incorporarse al proyecto de integración? ¿No contamos con las bases para poder aprender y experimentar el hermoso ideal de “vivir juntos”?

Por eso, esta conmemoración debe servir para dirigir también nuestra mirada en el futuro: con la conciencia de la fecundidad del proyecto, con el realismo de saber que estamos todavía en la mitad del camino y con el convencimiento de que Europa necesita hoy un nuevo impulso político, al que España debe contribuir con determinación.

Pero todo ello sin olvidar lo que el historiador Federico Chabod escribió: que en el período decisivo de la formación del sentimiento europeo y del proyecto de integración los factores morales y culturales tuvieron una primacía absoluta, si no exclusiva. Y añado yo: la deben tener en el futuro.