¿Será la hora de Cameron? Rosa Massagué

La posibilidad de un Grexit  aparcó en las últimas semanas el también temido Brexit. Los ciudadanos griegos dieron ya su veredicto en las urnas poniendo a la Unión Europea (UE) ante una crisis existencial de primera magnitud. En esta situación recién creada la voluntad del líder conservador David Cameron de convocar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE adquiere un nuevo impulso porque, de jugar bien sus cartas sobre el tablero de Bruselas, el primer ministro británico podría obtener más fácilmente las ventajas que desea para mantener a su país en la Unión  desactivando así a eurófobos y euroescépticos de su propio partido y asegurándose su futuro político. Sin embargo, la insólita magnitud del terremoto ocurrido en Grecia crea una situación tan nueva que resulta difícil aventurar cómo la Unión saldrá de este envite y, de consecuencia, qué capacidad de actuación tendrá el Reino Unido.

Cameron lanzó en su momento, ante las elecciones del 2015 y con una sociedad dividida en dos mitades sobre la UE, el órdago del referéndum como un instrumento de política interior para evitar la sangría de votos conservadores hacia el antieuropeo y xenófobo UKIP (United Kingdom Independence Party) de Nigel Farage. Y así fue vista en las capitales europeas aquella decisión, como un elemento más del juego político interno británico. Ni siquiera la posibilidad de que los votantes británicos pudieran optar por el Brexit –posibilidad, por otra parte que desmienten los últimos sondeos– había conseguido sacar a Bruselas de lo que en Londres consideran autocomplacencia y en Bruselas califican de cansancio por las eternas reivindicaciones británicas. El terremoto que supone el resultado del referéndum griego y las consecuencias imprevistas que tendrá para la Unión ha conseguido al menos aquel objetivo fracasado de Cameron, el de abrir el debate sobre el futuro de la Unión.

El primer ministro conservador busca conseguir unas reformas en el entramado europeo que den al Reino Unido una serie de ventajas que añadir a las que ya disfruta como es la posibilidad del ‘opt out’ en diversas cuestiones. Con estas prebendas logradas, Cameron aspira a desactivar al sector más eurófobo de su partido, presentarse ante los votantes haciendo campaña por la permanencia en la UE y ganar así el referéndum para el que ya hay una ley aprobada según la cual la consulta debe celebrarse antes de final del 2017.

Los puntos que Londres quiere negociar intentado que Bruselas los acepte son:

Reducción de la libertad de movimientos de las personas.

Reducción de los beneficios sociales de los inmigrantes.

Recorte de competencias de la Comisión y una limitación de las decisiones del Eurogrupo, para que haya un mayor equilibrio entre la Eurozona  y los países que no están en ella como es el propio Reino Unido.

Devolución de competencias a los parlamentos nacionales.

Mantenimiento de los privilegios de la City.

Permanecer fuera del acuerdo de Schengen sobre la libre circulación de las personas.

Estos puntos se resumen en una renacionalización de las políticas y en un freno a la unión política, algo que parece estar en el adn de los políticos británicos, ya sean conservadores o laboristas, para quienes la UE no debe ir más allá de un mercado común como fue en sus primeros años, antes de la adopción del Tratado de Maastrich (1992).

El resultado del referéndum griego da alas a los eurófobos en este extraño batiburrillo antieuropeo en el que aparecen formaciones tan supuestamente distintas como son UKIP, Liga Norte, M5S, Alternativa para Alemania, Frente Nacional o Amanecer Dorado, todas ellas con escaños en el Parlamento Europeo. Pero también a los sectores euroescépticos de partidos favorables a la UE como es el caso del propio Partido Conservador británico.

En este nuevo escenario Cameron cree que lo ocurrido en Grecia y un posible Grexit reforzarán su posición para negociar la reforma que pretende introducir. Los demás líderes europeos pueden optar por el mal menor de hacer concesiones más o menos cosméticas a Londres. Pero la gran incógnita está en la reacción de la UE a cuánto ha ocurrido y está ocurriendo en Grecia. Y aquí cabe añadir un elemento distorsionador. En el 2017 habrá elecciones legislativas en Alemania y presidenciales en Francia y ambas citas determinarán muchas de las políticas adoptadas por Bruselas.

Para aquellos sectores británicos contrarios a la permanencia del Reino Unido en la Unión, lo ocurrido en lo que la prensa británica acostumbraba a calificar desdeñosamente de “país pequeño y periférico” puede ser agua de mayo para sus objetivos porque, en su opinión, demostraría el fracaso del euro y, por elevación, el de la construcción europea. En esta nueva situación no le será fácil al líder tory jugar sus cartas, pero también es verdad que si algo le distingue es su enorme tenacidad.

Cameron ha tenido que labrarse día a día y con gran esfuerzo su figura como primer ministro conservador. Un sector de peso en el partido tory no le perdonó que no ganara netamente las primeras elecciones en el 2015 y tuviera que coaligarse con el Partido Liberal Democrático. Casi nadie creía que aquella coalición duraría y Cameron la llevó hasta el final de la legislatura. Contra pronóstico se alzó con la mayoría absoluta en las elecciones del 2015 y de paso, trituró  en las urnas a quienes le habían apoyado en los últimos cinco años.

Ahora aspira a dejar como legado una Europa reformada en la que Londres tendría una relación distinta con Bruselas. El problema de la apuesta de Cameron radica en que, pese a ser él mismo partidario de la permanencia del Reino Unido en Europa, el referéndum nace con el pecado original de haber sido una estratagema de política interior, no como una apuesta política en beneficio de toda Europa.

John Major, su antecesor conservador en Downing Street, también ganó inesperadamente por mayoría absoluta unas elecciones en 1992. Resistió la presión de los euroescépticos y antieuropeos de su partido y nunca convocó una consulta.

Y ¿ha habido un primer ministro británico más vehementemente crítico con Europa que Margaret Thatcher? A la dama de hierro no le pasó por la cabeza que el Reino Unido tuviera futuro fuera de la UE y nunca planteó un referéndum. Esta es una lección que Cameron no ha querido aprender, convirtiéndose por otra parte en un aprendiz de brujo. Sin embargo, aún está a tiempo de aprender otra, la de que fue la intransigencia de la primera ministra hacia Europa la que al final sirvió para que sus correligionarios la apuñalaran políticamente por la espalda.