Un merecido premio a la concordia para la Unión Europea Jonás Fernández. Diputado en el Parlamento Europeo, PSOE

El jurado del Premio Princesa de Asturias a la Concordia de 2017 anunciaba el pasado 21 de junio la concesión de dicho galardón a la Unión Europea, una candidatura que tuve el honor de proponer hace unos meses, y que desde el principio contó con el apoyo entusiasta del amigo Eugenio Nasarre, presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo (CFEME). Gracias a la gran movilización emprendida por parte de europeístas y federalistas europeos, se ha logrado este importante objetivo.

Es sin duda una decisión acertada, cuando se cumplen 60 años del Tratado de Roma y en un momento de transición para Europa, en el que se busca superar definitivamente las pulsiones nacionalistas y populistas, tras las elecciones austríacas, holandesas y francesas, para avanzar en la dimensión social de la Unión, la seguridad y defensa comunes, y la introducción de los pilares financiero y presupuestario de la Eurozona, lo que ya parece respaldar la propia jefa del gobierno alemán, Angela Merkel

Con este premio a la concordia, sinónimo de paz, se reconoce la valía de un proyecto de integración política supranacional verdaderamente único y original en la historia de la Humanidad, el cual ha proporcionado 67 años de armonía a nuestro continente, por lo demás el más libre, solidario y democrático del mundo.

Como dije en la carta que en su día remití “no hay mayor ejemplo de concordia que la paz. Pero no una paz abstracta, retórica, ideal o futura, sino una paz concreta, material, cotidiana y diaria, que es el estado que caracteriza a la Europa comunitaria desde el 9 de mayo de 1950”.

¿Supone este galardón un motivo para la autocomplacencia? En absoluto. En el último decenio, las políticas de ajuste central a ultranza puestas en marcha en el Consejo por determinadas mayorías políticas, y hoy prácticamente abandonadas, profundizaron el drama social de la crisis económica y las desigualdades de todo tipo.

Al mismo tiempo, los Estados miembros, a pesar de las distintas iniciativas de calado planteadas por la Comisión y el Parlamento Europeo, como por ejemplo el sistema de cuotas de reubicación de los refugiados, no han estado a la altura a la hora de gestionar la grave y continua crisis humanitaria en las aguas del Mediterráneo central y oriental, lo que algunos han malinterpretado como un fracaso de la Unión Europea, cuando no han sido sus instituciones las que  han fallado, sino los gobierno nacionales, competentes sobre la gestión de las fronteras y el salvamento marítimo, y de entre estos algunos en particular, como los gobiernos húngaro, polaco y checo, enfermos de egoísmo y xenofobia, y quienes se han negado abiertamente a acoger apenas a  solicitantes de asilo. El 14 de junio de 2017, la Comisión, es decir, el gobierno de la Unión, abrió a estos tres Estados miembros un procedimiento de infracción del Derecho comunitario.

Entendemos el premio por tanto no solo como un reconocimiento a lo logrado en positivo en estas casi siete décadas de construcción europea, desde la moneda única y el mercado interior a la libre circulación de personas y trabajadores, pasando por el programa de intercambio Erasmus, la política de cohesión de la que tanto se ha beneficiado España, o el programa de investigación Horizonte 2020, sino sobre todo como acicate de lo que queda por construir, es decir, una verdadera Europa política y federal, fuertemente social y verde, plenamente cosmopolita, multicultural y abierta al mundo, y dispuesta a influir en la gobernanza global afirmando los mejores valores de la tradición ilustrada, libertad, igualdad, democracia y fraternidad.  Que así sea.