Hacia una nueva estrategia en la UE para salir de la crisis Miguel Moltó Calvo. Catedrático Economía Aplicada. Universidad de Alicante.

La zona euro debe hacer frente a tres riesgos que se le presentan en el ámbito económico. El primer riesgo es volver a caer en una recesión (que sería la tercera después de las sufridas en 2009 y 2012); el segundo riesgo es la deflación y el tercero es entrar en lo que Alvin Hansen llamó allá por los años 30 el estancamiento secular expresión que ha vuelto a poner de moda Larry Summers.

En el ámbito social la UE se encuentra en una mala situación con 25 millones de parados y casi 100 millones de ciudadanos europeos en el umbral de la pobreza. Es urgente hacer frente a esta situación ya que puede poner en peligro el propio proyecto europeo. El ciudadano que pertenece a la UE  comprueba que ni sus países ni las instituciones europeas dan respuesta a sus necesidades. No es de extrañar por tanto su desafección hacia la clase política “tradicional” y hacia el sentimiento europeo como ponen de manifiesto los últimos Eurobarómetros y las elecciones al Parlamento Europeo.

Después de siete años de crisis donde ha prevalecido el enfoque austeridad para hacer frente a la misma, organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) reconocen que la dosis de austeridad dada a los países más enfermos ha sido excesiva  provocando efectos perniciosos sobre el crecimiento y el empleo en los mismos y aumentando de modo notable su deuda pública respecto a su Producto Interior Bruto con el consiguiente aumento en el pago de intereses por la misma. La consolidación fiscal ha puesto algo de orden en las cuentas públicas de muchos países miembros pero a un coste demasiado alto.

Se aboga por tanto por dar un giro al enfoque seguido hasta ahora dando prioridad a las políticas de crecimiento sin descuidar los ajustes fiscales y de deuda, que siguen siendo necesarios, pero a un menor ritmo de lo sucedido hasta la fecha. Los instrumentos que se manejan para ello a nivel comunitario son básicamente dos, el Plan Juncker y la potencia de fuego del Banco Central Europeo.

El Plan Juncker es un plan de inversiones para Europa y se basa en tres capítulos. El primero consiste en movilizar 315 mil millones de euros en inversiones adicionales en los tres próximos años; el segundo implica que la inversión adicional se realice teniendo en cuenta las necesidades de la economía real y el tercer capítulo se refiere a suprimir obstáculos a la inversión en Europa para hacerla más atractiva. A nivel de la UE se creará un nuevo fondo el denominado “Fondo Europeo para Inversiones Estratégicas”. Para la creación del nuevo Fondo se constituirá una garantía de 16 mil millones de euros con cargo al presupuesto de la UE y por otro lado el Banco Europeo de Inversiones (BEI) comprometerá 5 mil millones de euros. Los recursos disponibles en un primer momento serán pues 21 mil millones de euros. Conviene señalar que los fondos que aporta la UE no son fondos nuevos ya que no se modifican las perspectivas financieras aprobadas para el período 2014-2020. Como señala la Comisión el efecto multiplicador que se espera del Fondo es de 1:15 esto es por cada euro puesto en el Fondo la inversión total alcanzará 15 euros.

En nuestra opinión para que el Fondo tenga éxito la participación de los Estados miembros aportando recursos y liderando el proyecto políticamente es fundamental. La primera reacción de Alemania indicando que apoya el Plan pero que no iba a participar en el mismo es un mal comienzo pero es de esperar que su posición cambie en un  futuro próximo

Los Estados miembros han presentado proyectos para ser financiados por el Fondo cuya cuantía supera el billón de euros, hay pues donde elegir. El Fondo se espera esté operativo a mediados del año que viene. Como se sabe un instrumento clave para la recuperación económica es el aumento de la inversión. Confiemos en que el Plan se ponga en marcha en las fechas previstas y tenga éxito en su ejecución contribuyendo al crecimiento y al empleo en la UE

Con respecto al BCE su contribución a mejorar la situación económica actual en la zona euro parece necesaria. Es cierto que este objetivo no está directamente en su mandato pero sí lo está el mantener una estabilidad de precios que se define como una tasa de inflación en torno al 2%. La tasa de inflación en noviembre fue del 0,3% por lo que se le pide que actúe para acercarse a esa cifra. Hay que reconocer que el BCE con sus medidas no convencionales salvó al euro en 2012 y que como ha reconocido su presidente el  BCE no puede hacerlo todo. Sin embargo y a pesar de la reticencia de algunos países todo parece abocar a que en los próximos meses aplique algún tipo de “quantitative easing”. En este sentido abogaríamos  porque se creara un instrumento que permitiera financiarse a las pequeñas y medianas empresas (pymes) ya que son las más vulnerables a la obtención de crédito. Hay que recordar, por otra parte, que tales empresas son más del 90% del total de las empresas europeas, representan el 75% del empleo de la zona euro y contribuyen al 50% del valor añadido creado por el sector empresarial. La obtención de financiación de las pymes por parte del BCE a bajo coste sería un instrumento efectivo máxime si va unido a la puesta en marcha del Plan Juncker.

Por último no cabe olvidar la necesidad de seguir llevando a cabo reformas estructurales que también contribuyan al crecimiento y al empleo. En este sentido seguir liberalizando el sector servicios que representa en torno al 70% del PIB comunitario y da empleo a un porcentaje similar en muchos países es la tercera pata a tener en cuenta junto al Plan Juncker y la acción del BCE para salir de la crisis después de 7 años y que sus efectos positivos se dejen sentir en el ciudadano europeo. Podemos concluir diciendo que el foco de atención por parte de la clase política debe pasar de la prima de riesgo al ciudadano europeo.