Europa, patria nostra Víctor Manuel Arbeloa

Repito un antiguo y entrañable título, de ésos que están para ser repetidos. País es la geografía. Nación es la historia. Estado es el derecho. Patria es el cariño, el afecto.

Aeneas Silvius Piccolomini (1405-1464) fue uno de los más gloriosos humanistas de su tiempo, elevado al pontificado bajo el nombre de Pío II en 1458.  En su “Cosmografía” habla de Europa como un conjunto humano e histórico. Tratando de los ataques de los turcos, enemigo común, escribe: “Nuc vero in Europa, id est, in patria, in domo propia, in sede nostra, percussi caessique sumus” (Ahora es, en Europa misma, es decir, en nuestra patria, en nuestra propia casa, en nuestra sede, donde somos atacados y muertos).

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El primero que escribió el nombre de Europa fue Hesíodo, nueve siglos antes de nuestra era. Y el primero que la describió, comparándola con Asia, fue Hipócrates, el “padre de la medicina”, s. V-IV a. C. Pero la primera mención de Europa como unidad de los europeos que la defienden se remonta al siglo VIII de nuestra era, después de la batalla de Poitiers, librada el año 732 contra el Islam.

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Hoy Europa es una realidad cotidiana y todos hablamos y escribimos sobre ella. Pero han sido necesarios muchos siglos, y, al final, dos guerras mundiales, para que Europa fuera un proyecto común. Y una organización de 6 Estados, en 1957, y ahora de 27, llena de futuro.

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En el siglo XXI y posteriores, siglos de globalización, digitalización y  universalización, en un mundo económicamente muy competitivo, en un contexto geopolítico a veces hostil y en un incierto y cambiante espacio tecnológico, sólo unidos en una gran organización política supranacional podremos cultivar y defender nuestros valores, nuestro modelo social y también nuestros legítimos intereses.

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Sólo unidos los europeos, hemos conseguido unas instituciones comunes, un mercado común y una moneda común, los logros más importantes. Una política agraria y de pesca común, y así, con todas las deficiencias que tenemos aún que corregir, hemos podido mantener y mejorar nuestro patrimonio agrícola, rural y pesquero. Sólo unidos, podremos los europeos llevar a cabo una política exterior y de cooperación común y un sistema defensivo propio, que no dependa sólo de la OTAN, y coordinar nuestros sistemas de seguridad contra el terrorismo, cualquiera sea su nombre, y contra el crimen organizado, creando unidades eficientes de información. Afrontar igualmente con éxito, sin inhumanidad pero también sin demagogias estériles, el fenómeno migratorio, a corto y largo plazo, que es el problema mayor y más urgente que nos preocupa en este momento. Sólo negociando en nombre de 500 millones de consumidores podremos obtener buenos acuerdos comerciales con el resto del mundo. Y salir al paso con éxito de los retos de la omnipresente tecnología, del amenazante cambio climático y de todos los peligros que puedan salirnos al paso en nuestro avance hacia la felicidad.

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Tras setenta años de organización y convivencia europea, el último Eurobarómetro mostraba que el 62% de los europeos consultados considera que la pertenencia a la Unión Europea de sus Países es positiva, y el 68% cree que su propio País se ha beneficiado de esa copertenencia.

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El 9 de mayo de 1989, el primer año de elecciones europeas en España, celebramos en Pamplona el “Día de Europa” un grupo de navarros, fundadores del Consejo Navarro del Movimiento Europeo, coordinado entonces por Javier Arlabán, en torno a una mesa común y a unos ideales comunes, los mismos que dieron origen y sentido a la fundación de la actual Unión Europea.

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Ahora, a los 30 años, otro grupo de europeístas, en torno a una junta directiva, presidida por Alberto Pérez Calvo, que ha recuperado aquel Movimiento que se fue perdiendo por el camino, celebraremos de nuevo el “Día de Europa”, en torno a otra mesa, y en torno a los mismos ideales de entonces.

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Esperemos que dentro de poco tiempo, los 27 Estados que forman la Unión proclamen la Fiesta  del 9 de mayo como un símbolo más, junto a la bandera y el himno, de nuestra Patria Europea.