Cultura y derechos de autor: Pasado, presente y futuro

Los tiempos cambian, continuamente, y las empresas han sido siempre las primeras en aplicar la máxima darwiniana de “adaptarse o morir”. ¿Todas las empresas? ¿Siempre? No. Últimamente los cambios han sido tan profundos y se han seguido con tanta celeridad que a no pocas se les ha olvidado reinventarse para poder seguir siendo prósperas.

Pedro Correa Hernández  •  4 de Febrero de 2009

Pedro Correa Hernández

Pasado

Los tiempos cambian, continuamente, y las empresas han sido siempre las primeras en aplicar la máxima darwiniana de “adaptarse o morir”. ¿Todas las empresas? ¿Siempre? No. Últimamente los cambios han sido tan profundos y se han seguido con tanta celeridad que a no pocas se les ha olvidado reinventarse para poder seguir siendo prósperas.

El cine y la música son un buen ejemplo. Salvo que en este caso ni siquiera se trata de empresas aisladas sino de ‘mercados’ en su conjunto. En Europa y Estados Unidos, esto se ha debido en gran parte a dos actitudes diametralmente opuestas, pero con similares resultados.

Por un lado tenemos a una Europa hasta hace muy poco convencida de que la cultura la componen obras intangibles, creadas en vista a enriquecer el patrimonio nacional o el “alma” de la sociedad, utilizando en gran medida un modelo según el cual las ayudas públicas representan uno de los mayores motores de la creación artística y cultural. Por eso, en Europa al contrario de los Estados Unidos, la música y el cine no se consideran productos sino obras (seguramente por eso los europeos somos los únicos capaces de entender el giro “por amor al arte”, sin traducción en inglés). Parece pues normal que desde este punto de vista nunca se hayan puesto en marcha modelos innovadores para un “mercado” que nunca se ha considerado como tal, y al que de hecho nos cuesta aún bastante quitarle las comillas.

Al otro lado del Atlántico, los mastodontes americanos del negocio audiovisual, o "majors", con sus múltiples sucursales europeas, han sido siempre tan inmensos y poderosos que nunca pensaron que la adaptación al siglo XXI fuese necesaria. Por falta de previsión, pero sobre todo por exceso de confianza, creyeron durante demasiado tiempo que la represión y la imposición serían suficientes para impedir un cuestionamiento del modelo histórico de “pago por obra física”. 

Una de sus principales armas de control y represión han sido hasta hoy los dispositivos anti-copia o DRM en inglés (Digital Rights Management). Integrados de manera invisible e indisociable en la obra (canción o película), impiden que ésta pueda copiarse. Como era de esperar, el DRM no solo no ha sido eficaz evitando las copias ilegales sino que ha sido uno de los principales frenos de esta industria. ¿Por qué? Simplemente, porque el DRM se incluye únicamente en las canciones originales, pero no existe en sus versiones pirateadas. Así pues, penaliza al que paga por la canción, pero no al que se la baja gratis de Internet sin contribuir a sus derechos de autor.

Y mientras las "majors" perdían la batalla de la propiedad intelectual por su falta de vista a largo plazo y su inmovilismo, los artistas del siglo XXI se apropiaban esas mismas herramientas para moldear el negocio a su conveniencia. Así, músicos como "Radiohead" o "Nine Inch Nails" se han quitado a las productoras de en medio vendiendo sus últimos álbumes directamente por Internet (con resultados muy jugosos). Otros, como los "Arctic Monkeys" o "Gnars Barkley", que han acabado vendiendo millones de discos (4 y 2 respectivamente), empezaron su carrera colgando gratuitamente sus canciones en Internet para darse a conocer, lo que les permitió ahorrarse cualquier tipo de promoción.

Unos y otros empiezan a privilegiar pues un contacto directo, con menos intermediarios y más conciertos, ya que la emoción en directo es algo que hasta ahora sigue siendo imposible reproducir ilegalmente.

Por otra parte, mientras las "majors" inventaban herramientas más bien contraproducentes, los internautas retocaban otras extremadamente útiles y eficaces, como las redes P2P (del inglés “Peer-to-Peer”, algo así como “de usuario a usuario” o “de igual a igual”). Estas redes están formadas por los miles de ordenadores de los usuarios que las utilizan, y permiten compartir cualquier tipo de archivo utilizando el soporte de Internet. Los beneficios de las redes P2P para el mundo de la cultura y el arte son notables: ayudan a la autopromoción de artistas independientes, hacen posible la venta de obras de artistas que han decidido prescindir de intermediarios, ayudan a guardar vivas obras que han dejado de comercializarse o que son difícilmente accesibles por las vías tradicionales, permiten difundir material que no está protegido por la ley sobre la propiedad intelectual y hasta en cierta medida ayudan a promocionan obras que sí que lo están (“Juan se bajó anoche una peli que dice estar genial, ¿vamos al videoclub a alquilarla?”). Además, al beneficiar de los mismos dones de ubicuidad y de regeneración de Internet, estas redes son indestructibles por definición. Intentar combatirlas eliminando usuarios uno por uno es pues una batalla perdida de antemano.

Presente

El pasado nos ha dejado pues dos inmovilismos, uno europeo y otro americano, y un solo resultado: una riqueza artística y cultural sin precedentes y, paradójicamente, un “mercado” audiovisual (me perdonarán las comillas) sumido en una crisis sin fondo desde hace ya casi 5 años. Según el estudio del 2008 de la IFPI (International Federation of the Phonographic Industry) a las ventas de CDs del 2008 hay que añadir unas ventas por Internet por valor de 3700 millones de dólares (frente a los 400 millones del 2003), lo que representa ya el 20% del mercado en su totalidad y un aumento del 25% con respecto a un año antes. Ese mismo estudio estima que la proporción es de una descarga “legal” por 20 “ilegales”. No es pues exagerado decir que hoy en día es la época en la que más música se ha escuchado y más películas se han visto, en toda la historia de la humanidad.

Como hemos visto, hasta hoy la industria ha perdido más de una batalla, dando pie muy a su pesar a la cultura del “todo gratis”. Sin embargo ha decidido no perder la guerra. Ha empezado a darse cuenta de que con represión únicamente no se subsiste y de que lo que buscan los usuarios son facilidades, calidad y servicios adicionales por los que estarían encantados de pagar.

Así por ejemplo, el DRM ya no está tan lejos de ser un vestigio del pasado. Amazon fue uno de los primeros en abandonarlo y ofrecer canciones en formato mp3. iTunes ha finalmente cedido y en este inicio de año propone ya a los usuarios sus 8 millones de canciones sin dispositivo anticopia.

También florecen radios en línea (Last.fm, deezer.com, Radio Paradise, etc.) proponiendo no solamente millones de canciones en escucha directa (sin descarga) sino también servicios adicionales cada vez más sofisticados, como las programaciones personalizadas para cada usuario en función de sus gustos. Tras intentar querellarse (también) contra estas nuevas formas de consumir música, las majors han finalmente decidido utilizarlas como aliadas y firmar contratos con ellas.

Las grandes discográficas y productoras también se han dado cuenta de que la represión mediante juicios mediáticos en los que se sanciona a amas de casa, menores o profesores de universidad con multas de millones de dólares no envía al público una imagen de su negocio de lo más favorecedora. Por eso han optado recientemente por un plan B: dialogar con los gobiernos y utilizar los proveedores de Internet (Telefónica, Auna, Ono, etc.) como aliados.

El caso español es el más original (será verdad eso de que Spain is diferent). Al contrario de la mayoría de países europeos, en España la descarga personal sin ánimo de lucro no está penalizada. En ese sentido, la ley del canon digital (en vigor desde junio del 2008) aparece como una pieza lógica dentro de esta filosofía: a la vez que permite una vida cultural desenfrenada y gestionada libremente por los ciudadanos, el Gobierno retiene una tasa destinada a la subsistencia y crecimiento sano del mundo de la cultura, gestionado directamente por estos últimos. De hecho no es nada nuevo sino una aplicación más de la lógica europea del “Estado como principal motor del mundo artístico y cultural”.

El llamado “canon” ha recibido enérgicas críticas por ser un impuesto que atañe a todos los ciudadanos indiscriminadamente. Sin embargo, también se puede presentar desde un punto de vista totalmente opuesto: ya que es la población en su totalidad la que se beneficia de una vida cultural sana y fértil, parece lógico aplicar una tasa a la población en su totalidad para mantener ese buen nivel cultural. De hecho el canon hubiese causado seguramente menos revuelo si se hubiese hecho pasar por  un nuevo “impuesto cultural” y se hubiese aplicado a toda la población proporcionalmente a sus ingresos. Es pues así como hay que verla: no como una “tasa que castiga a todos los ciudadanos privándolos de su derecho a la presunción de inocencia” (afirmación demagógica donde las haya), sino como una tasa imperfecta y sin ninguna duda temporal, que se aplica al conjunto de la sociedad por el bien de la cultura y a través del subconjunto de aquellos que más la consumen. Es una solución imperfecta ya que ante la falta de una solución tecnológica mejor se basa en suposiciones (creando así la brecha seudo-legal utilizada por sus detractores). Suposiciones  que son de hecho bastante acertadas cuando se aplican a usuarios particulares, por mucho que cueste admitirlo. El canon debe ser además una solución temporal porque al no introducir una componente educativa trata un síntoma (la pérdida de ganancias de las “industria cultural”) sin cambiar las mentalidades actuales del “todo gratis”.

Futuro

El canon es solamente uno de los nuevos vecinos con los que habrá que convivir en la nueva era audiovisual digital. En efecto, la IFPI lleva varios años intentando implicar a los proveedores de Internet en este nuevo modelo, ya que son éstos los que más se benefician del incremento de tráfico debido a las P2P. Además los proveedores de Internet son también los actores que tienen en su mano las herramientas tecnológicas más adecuadas para poder distinguir el buen uso del mal uso de estas redes. Ese nuevo modelo está cobrando cada vez más fuerza y si las cosas siguen a este ritmo acabará estableciéndose primero en Francia, y no mucho más tarde en España. En dicho sistema los proveedores deberán permitir que un organismo gubernamental independiente pueda identificar aquellos usuarios que den indicios de violar repetida y masivamente las leyes de derechos de autor. En este contexto los proveedores harían llegar a esos usuarios hasta 2 advertencias, tras las cuales se verían rescindir unilateralmente su contrato con el proveedor. Esta medida introduciría pues varios parámetros innovadores. Primeramente nos aleja del modelo de las sanciones millonarias, desproporcionadas con respecto a la falta. Segundo y más importante, introduce un eje educativo. Estudios recientes  demuestran por ejemplo que el 72% de los usuarios de las P2P de Reino Unido dejarían de descargar contenido protegido por los derechos de autor si se lo dijese (educadamente, se supone) su proveedor de Internet. Otros estudios  avalan esas mismas cifras, para países como Francia o Estados Unidos. Así pues, parece que unas medidas razonadas y razonables, más educativas y menos represivas, son las que mejor efecto surtirían en este nuevo modelo de la cultura digital sana y justa. Un modelo en el que ninguno de los beneficios de las redes P2P serían coartados, a la vez que se redefiniría la relación de respeto entre autor y usuario.

Las campañas de educación (algo más sutiles, razonadas y amables que la “si eres legal, eres legal” de la Comunidad de Madrid) y la educación en general va a resultar pues clave en esta transición hacia el nuevo modelo digital. Sin embargo, los ciudadanos no van a ser los únicos en tener que cambiar su perspectiva para con la cultura. En efecto, las majors tienen parte de culpa en la degradación de la imagen de la cultura enviada al usuario, y van también a tener que educarse. Basta con echar una ojeada a los top manta para darse cuenta de que las obras (películas o álbumes) más pirateadas son las que se beneficiaron del marketing más agresivo. Es decir, aquellas que más claramente se intentaron vender como “producto” y no como “obra”. Esto ha llevado a que los usuarios se hayan ido acostumbrado a padecer continuos disgustos y desencantos al descubrir bodrios sin nombre disfrazados de “mejor película del año”, de “su mejor trabajo” o de “disco de la década que no te puedes perder”. Los comentarios de los anti-canon dejan por ejemplo bastante claro que últimamente y por todo lo que precede, los artistas se habían convertido en el enemigo. Y ya se sabe: al enemigo, ni agua.

Hemos visto pues que la industria audiovisual empieza a evolucionar creando soluciones más fáciles y con más valor añadido para el consumidor así como medidas más razonadas y razonables para luchar contra la mal llamada piratería. Está de todas formas claro que todo lo que no sea de ese calibre se les volverá en su contra. Hemos visto que también los músicos han evolucionado: utilizan las nuevas tecnologías para seguir a su manera educando a las majors a hacer mejor su trabajo. Asimismo, estamos viendo y veremos que los gobiernos y los modelos económicos de consumo de bienes digitales van a cambiar, de manera a crear un sistema más justo. Finalmente, en ese modelo el usuario también va a tener que cambiar su visión sobre las obras culturales. Va a tener que darse cuenta que la retribución de las obras de calidad es la única manera de poder seguir disfrutando de obras de calidad.

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