No hay mal que por bien no venga

Espero que la llamada crisis económica mundial, pregonada con énfasis masoquistas y cuando no frívolos, facilite la aceleración para consolidar la política interna y externa de la UE. Y espero también, que la unión monetaria de los dieciséis Estados (de veintisiete) de la llamada Eurozona, se ponga a la faena para, desde el Tratado de Lisboa, impulsar la Unión política y económica efectiva y no la tasada que sobrellevamos.

Juan Iglesias  •  21 de Marzo de 2010

Juan Iglesias

Espero que la llamada crisis económica mundial, pregonada con énfasis masoquistas y cuando no frívolos, facilite la aceleración para consolidar la política interna y externa de la Unión Europea (UE). Y espero también, que la unión monetaria de los dieciséis Estados (de veintisiete) de la llamada Eurozona, se ponga a la faena para, desde el Tratado de Lisboa, impulsar la Unión política y económica efectiva y no la tasada que sobrellevamos. Creo que es buen momento para dar otro importante empuje sin esperar a que otros nos confirmen si son “galgos o podencos”. El tiempo se está agotando para dejar a nuestra descendencia europea un lugar donde hacer y estar sin el permiso o la complacencia ajena.

El mal que padecemos, por culpa de los “trileros” 1 de las finanzas privadas y algunas públicas, nos debe hacer comprender la enorme importancia que tiene el sempiterno continente europeo con una moneda poderosa por su densidad, volumen y extensión; además de un Producto Interior Bruto (PIB) importante y una demografía extensa y comúnmente cualificada proporcionalmente. Y todo pese a la retahíla que algunos gurús, descolocados en el tiempo y en la forma, nos sigan dando la tabarra sobre los “truenos y relámpagos” que nuestra unida moneda provocaría, ya mucho antes de descargarla urbi et orbi. Pese a que la crisis económica apunta, en primer lugar, al diabólico sistema financiero que padecemos; en segundo, a los codiciosos y ambiciosos que manejan este perverso tinglado, tanto por la forma como por el fondo2; y, en tercero, a la grey política gobernante por su dejación de funciones a favor de los poderes fácticos que diseñan el cuándo y el cómo del hacer económico y financiero: además de compartir, con los poderes fácticos citados, consejeros académicos (o casi) que defienden y apoyan a la vez el mismo tinglado que tanto nos confunde y arruina.

Recuerdo cuando Charles de Gaulle, allá por la década de los sesenta del siglo pasado, inició una campaña mundial para descalificar el dólar, como moneda de referencia para el cambio, al no saber si EEUU respaldaba con reservas tangibles, como el oro y piedras preciosas,  un envite tan enorme como el abarrotar de dólares todo el ámbito planetario. No se fiaba, y puede que llevara razón, por el riesgo que la imposición podría suponer para el Planeta, Europa y, sobre todo, para “su” franco francés. Principalmente, esa decisión, promovida y apoyada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) conllevaba, por la fuerza de los hechos, la colonización de la Tierra por una moneda muy hegemónica en aquél momento y todavía en este. Pero también es cierto que el conglomerado de monedas existentes en aquellas fechas, y cada una con su peculiar fundamento nacionalista-capitalista, trampeaban su realidad con devaluaciones coyunturales (u otras trapacerías), a la vez que entorpecían o facilitaban el barullo del valor que establecía un poder fáctico muy poderoso: el llamado el libre mercado financiero, como actividad de probable volatilidad al comprobar su verdadera realidad a través de la específica función de los citados “trileros” de las finanzas.

Por tanto, es claro que fuera de la mentada realidad está la intemperie, por más que nos quieran convencer de que la devaluación, por ejemplo de la ya antigua peseta, hubiera arreglado el desastre financiero y económico local que nos han endosado. Naturalmente, las restantes monedas europeas acabarían haciendo lo mismo ¿Y después qué?; volver, una y otra vez, a devaluar coyunturalmente para que los “trileros” de las finanzas hagan sus juegos malabares para llenar sus alforjas, que no la de todos. No es ese el camino, sino el contrario tratando, en primer lugar, que la Eurozona se extienda a la totalidad de la UE; en segundo, tratar de erradicar los agujeros negros que los llamados paraísos fiscales controlan a su antojo con ayuda de los poderes fácticos que nos acosan con demasiada facilidad; y en tercero, recuperar la hegemonía del poder político democrático frente al absoluto poder financiero, si es que alguna vez estuvo en sus manos.

Es claro que la unidad financiera puede y debe consolidar la unidad política a través del control de todas las haciendas públicas de la UE, con una fiscalidad equitativa y gradiente hasta igualarla como un todo. Sin lugar a la duda, esa determinación acentuaría la aceleración de la unidad política ya que ese debe ser el fin inteligente de la UE. Porque, entre muchos designios a decidir como unidad, y como ejemplo a considerar, debemos disponer de un único ejército en vez de veintisiete (o más en el futuro) para defendernos de otros de forma directa o latente. Parece absurdo, y cuando no temerario, tal cómo se va gestando otros bloques continentales hegemónicos y los emergentes, el derroche militar individual como tal, entre enormes diferencias potenciales, y su correspondiente derroche financiero.

Creo que no nos queda otra, si de verdad trabajamos para nuestra descendencia sin obviar, naturalmente, nuestro presente vital.

1 Individuo perteneciente a la picaresca popular desde épocas medievales. Esencialmente actúa en aglomeraciones festivas y en mercados populares. Su habilidad se caracteriza en cambiar de lugar, a la vista de los presentes, una carta de tres naipes boca abajo sobre una superficie, y previa mostración ostentosa en una supuesta posición. Naturalmente las apuestas adivinatorias de la carta en cuestión, rellenan el bolsillo del trilero a la vez que vacían el de la persona que apuesta. También utilizan una bola, u otro medio, que tapan bajo uno de tres cubiletes o vasos opacos, a semejanza escénica al de la carta. Siempre van acompañados de cómplices que estimulan a las personas presentes a apostar, con el resultado seguro de perder la apuesta.

2 Parece que es claro que los llamados paraísos fiscales son, en gran parte, el “fondo” donde recala el anómalo hacer crematístico, mediante la peculiar forma de hacer de los “trileros” de marras.
Sabemos que la materia no desaparece, se transforma: principio básico de la física elemental. A modo de ejemplo, el dinero no desaparece, se traslada de bolsillo. Los avezados “trileros” de las finanzas trasladan a sus bolsillos (o depósitos oscuros) el dinero que otros se arriesgan a perder, con un efecto devastador para las personas ajenas a estas prácticas.

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