Amigos y amigas, junto a los testimonios de alta calidad de los dos ilustres periodistas que me acompañan, el mío es la simple visión de un ciudadano que, por circunstancias no previstas, se encontraba allí. Les cuento, pues, unas impresiones según lo viví.
Carlos María Bru Purón • 4 de Diciembre de 2009

Para el 8, 9 y 10 de noviembre estaba convocada la entonces llamada Comisión jurídica y de derechos humanos del Parlamento Europeo, presidida por el Conde Von Stauffenberg (hijo del Mariscal que pretendió matar a Hitler y a él le costó la vida, el hijo gran jurista de adscripción demócratacristiana), y consiguió de las autoridades de Berlín occidental se celebrasen las sesiones en el mismo Reichstag, semi destruido y a cortísima distancia del Muro (recuerdo que desde las ventanas veíamos el foso y los vopos, metralleta en mano, circulando por él).
Creo que fuimos todos o casi todos los miembros de la Comisión inclusive suplentes, de 18 a 20 personas más traductores, asistentes, etc.
Lamentablemente, alguno de los españoles no vive ya, y quiero expresar un emocionado recuerdo para Pío Cabanillas Gallas.
Pero el entonces portavoz adjunto socialista, el español y gran amigo Manuel Medina, tuvo la habilidad de convocarnos a los miembros socialistas de la Comisión, para el primer día de trabajo, el día 8, aunque hiciésemos novillos. Y es que la razón era importante, nuestra delegación iba a celebrar una entrevista oficial con el Presidente de la sediciente Cámara de Diputados de la República Democrática Alemana (en adelante RDA), en la sede, no otra que la impresionante Volkskammera, apaño arquitectónico al estilo soviético sobre las ruinas del Scholss Palats.
Cruzamos por el paso especial llamado Heinrich Heine, y allí la primera sorpresa, que nos retuviesen más de una hora sabiendo que éramos parlamentarios. Por fín accedimos al Parlamento, y he aquí la nueva sorpresa: el Secretario General nos dijo que el Presidente no podía recibirnos porque ya no lo era, horas antes había dimitido. Esto ya era un síntoma de que aquello estaba en puro descalabro.
Pero con nuestro pasaporte diplomático, la condición de Eurodiputados, un poco de caradura y la colaboración secreta de algunos disidentes, nos posibilitó organizar un encuentro en el amplio salón de una cafetería en el semisótano del edificio.
He aquí que, corajudos, comparecieron miembros de aquélla Cámara, los de las pseudos democracia cristiana y los del pseudo partido liberal: no cabía compareciesen socialistas, porque este grupo y el partido mismo eran inexistentes si no se sometían a la ficha y disciplina del socialismo oficialista, es decir, el consentido por Moscú.
(Esta peregrina situación me recuerda lo que viví años antes, hacia 1972, en la localidad de Alcobendas, donde yo era notario, y donde, según mi entonces militancia clandestina demócrata cristiana, acompañados por amigos de la CDU entre ellos mi muy siempre querido Elmar Brok, venían personas de aquel pseudo-partido consentido por la autoridades de la Alemania del Este; hoy en día no sé si ese juego al estilo de las “asociaciones familiares” en tiempos de Franco, era o no del todo ético y lícito: como ocurre tantas veces, y de ello hay ejemplos en nuestro país con la Transición, lo ficticio puede convertirse más tarde en auténtico).
Vuelvo a aquella tarde, crepúsculo, en la cafetería: asombrosa la asistencia de periodistas, radios, televisiones, todas ellas indiscutiblemente de la RDA, ya que los de la RFA no podían pasar el Muro: a nuestras advertencias, reconocieron que se jugaban mucho con aquel acto pero que ya estaban tan hartos –y pienso yo, tan seguros del cambio- que recogían nuestras declaraciones e intentarían hacerlas públicas.
Yo hice después una escapada a otro barrio de la ciudad donde se celebraba una manifestación a favor del entonces Canciller Egon Krenz, elegido tras el cese de Honecker. Era nocturna y con antorchas, e iba mucha gente, pero el núcleo eran, para entendernos, papá, mamá, el niño y la niña de la mano, pancartita en alto, para mostrar su adhesión a lo que iba a caer: eran por supuesto funcionarios, funcionarias y sus familias; aquellos estómagos agradecidos que me hacían recordar los del sindicalismo vertical franquista cuando el invicto Caudillo, el fidelísimo Carrero o el camarada Solis, tan sosiá él, les llamaban a rebato. El propio discurso en su tono –no hablo alemán- era inconfundiblemente triste.
Mi regreso al Oeste no tuvo dificultad alguna.
El día siguiente trabajamos en la Comisión, con importantes temas a discutir y votar. Pero estábamos todos mucho más atentos a lo que venía pasando fuera, según nos comunicaban al oído nuestros colaboradores.
Pero el marasmo llegó cuando, por ensalmo, todos éstos, los ordenanzas, etc., desaparecieron: hasta los traductores dejaron vacías las cabinas.
Todos acudieron rápidamente a ver el impresionante espectáculo de los jóvenes encaramados en el Muro en su laborioso empeño de destruirlo. ¡Cualquiera trabajaba ya! ¿Qué íbamos a hacer, modestos diputados sin ese staff que decidió –con la dicción propia de una comedia española de entonces- “bajarse al muro”?
Era un momento mágico: ruidos, retirada visible de los guardianes, multitudes en el Unter den Linden, y los que desde el otro lado saltaban, se abrazaban con los del nuestro, cámaras de todo el mundo, en unas plataformas improvisadas, personajes mediáticos a punto, etc. etc., lo que todos ya conocemos. Así varias noches de cánticos, discursos, bajo una improvisada y maravillosa iluminación.
Llegaba mi mujer en un avión por la tarde de ese día o el siguiente, no recuerdo. Lógicamente, nos fuimos al centro de la ciudad y en un centro comercial de la Kurfursdam nos jugamos la vida, porque la afluencia masiva de ossis hizo peligrar el edificio y hubimos de salir por una escalera de incendios.
Ese día o el siguiente, no recuerdo, seguimos el inteligente consejo de Pio Cabanillas –quién tenía que regresar urgentemente a Madrid-, corroborado por conversación telefónica con Ignacio Sotelo, de visitar tranquilamente la zona Este, lo de la Oeste ya estaba muy visto.
El ambiente era sosegado, viejas costumbres como el militarismo hasta en las cafeterías, donde la encargada del guardarropa arrancó violentamente a mi mujer el abrigo por ser obligatorio el depósito tras el mostrador con entrega rigurosa de ficha. O la - ante nuestra ignorancia del alemán- imposibilidad de encontrar un diccionario con lengua española; muchos, eso si, alemán-búlgaro, alemán-húngaro, etc.
Discos: maravillosas grabaciones de música clásica a precios tirados, pero ¡cuidado! nada de rock, nada pop… ¡decadencia occidental!
Epílogo de un brindis con champagne francés a que fuimos invitados por unos jóvenes ossis junto a la Puerta de Brandemburgo. Y la emoción a nuestro regreso por el Checkpoint Charlie ante la oferta abundante de naranjas valencianas traidas desde España.
Improvisada reflexión, tarde y mal.
Lo primero, la curiosidad que inspira la escasa relevancia del décimo aniversario en comparación al de estos días. En noviembre de 1999, ni Clinton, Presidente de EEUU acudió a Berlín ni recuerdo nombres significativos de dirigentes europeos.
Se me ocurre sugerir que algo amordazaba todavía la conciencia de quienes habían intentado preservar las dos Alemanias –Mrs. Thatcher, Mr. Mitterand, Sig. Andreotti quién "por amar tanto a Alemania, prefiero que sean dos"-. La firme posición de Kohl no fue secundada -que yo recuerde- sino por Felipe González.
Por otra parte, hace 10 años, todavía gravitaban las penosas consecuencias económicas para la antigua RDA provocada por la masiva emigración de técnicos y profesionales hacia el Oeste, el desguace de industrias que, aun cuando no muy eficaces, no debieron desmantelarse para dejar paso a la especulación inmobiliaria y a la venta de segunda mano de maquinaria.
En definitiva, en 1999, era patente la no entonces y quizá hoy tampoco del todo igualación entre ambas zonas.
En un reciente artículo dice Ignacio Sotelo que la caída del Muro coincide con la “transformación del capitalismo productivo en capitalismo especulativo”.
Ni hay tiempo ni tengo capacidad para hacer un análisis profundo al respecto, pero se dan hechos como que la coexistencia de dos modelos económicos -nacidos ambos de la Ilustración-, sirvieron para que el erróneo y dictatorial oriental incentivase el carácter social del mercado en la Europa occidental de los gloriosos 45-70. Que la desatención a las propuestas transitivas de Gorbachov (perestroika y glasnot) y desecho de fórmulas como la evolutiva polaca, la derrota excesiva de uno de los modelos mediante la utilización por el otro de argumento tan peligroso como la Guerra de las Galaxias,...; todo ello y mucho más, de alguna manera, influyeron en que el presunto pase al mercado en los países de órbita soviética, lo fuese mas bien a la privatización favoritista, a las mafias y a la especulación.
También el hecho de que, nos guste o no, tras la caída del comunismo la esperanza de vida en Rusia se redujo en 10 años.
Que –debido a la ayuda norteamericana a los mujahidines en Afganistán para expulsar a los soviéticos– se produjo la talibanización de aquélla y otras zonas de Oriente Medio, todavía hoy no resuelta.
¿A ningún analista se le ha ocurrido indagar el por qué tras la Guerra Fría de dos potencias coincidentes en la deterrence porque saben que el uso del arma nuclear puede destruir la Tierra, vienen después una y muchas guerras de tipo religioso en los que la comparación de dos modelos a través de la razón se sustituye por la incompatibilidad de dos modalidades de fe monoteísta, en la que unos matan porque Mahoma así lo ordenó frente al hereje, y porque otros –G.W. Bush dixit- “en nuestra invasión de Irak Dios nos guía”?
Hoy 2010, cabe la esperanza, porque las circunstancias van cambiando.
Obama en EEUU, un multilateralismo nacido de la emergencia de nuevos países, una quizá consciencia de que el capitalismo financiero desregulado es tan dañino como la planificación totalitaria, una Unión Europea que mañana 1 de Diciembre parece se institucionaliza a través de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa en voz y voto en el mundo, una conciencia ecológica que varios días después en Copenhague se pone a prueba...son hechos nuevos y transcendentales.
Si se cumplen, es posible conseguir que, si se derrumbó -y para bien- el Muro, evitemos que sea algo tan serio como el planeta, el que -para mal- se nos caiga.
Muchas gracias.